El peor de los mundos

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El peor de los mundos

Ernesto Macías Tovar                                                                                                 

Colombia es observada con recelo por la comunidad internacional.

Cuando Gustavo Petro, en una calle de Nueva York, megáfono en mano y disfrazado de agitador de esquina, convocaba a la creación de un “ejército de salvación del mundo” para ir a combatir en Gaza contra Israel, a pocas cuadras de allí el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ultimaba los detalles del acuerdo que pondría fin a esa guerra con el grupo terrorista Hamás. Es decir, mientras el mandatario colombiano deliraba con cruzadas imaginarias, el verdadero poder mundial avanzaba con éxito hacia la paz, sin que él tuviera la menor idea.

Petro, que se autoproclama ante sus fanáticos como líder universal y profeta de la justicia global, no tenía siquiera noción de lo que realmente ocurría en el mundo. Durante meses, entre trinos y discursos incendiarios, concentró sus ataques en el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pero nunca condenó a Hamás. Y la mayor vergüenza internacional que ha padecido Colombia en décadas se consumó cuando ese grupo terrorista saludó y felicitó al Presidente colombiano por haber roto relaciones con Israel.

Del mismo modo, movido por esa mezcla de ideología rancia y odios personales añejos, Petro decidió deteriorar deliberadamente las relaciones con Estados Unidos. En un acto de temeridad intrusiva y sin el mínimo decoro diplomático, llegó incluso a incitar a la desobediencia de militares norteamericanos contra su propio presidente, un hecho que en cualquier nación democrática constituye delito. Por fortuna, el gobierno de Trump ha entendido que el problema no es Colombia, sino Petro; sin embargo, el daño está hecho: hoy nuestro país es observado con recelo por la comunidad internacional; por algunos, como un paria.

Entre tanto, mientras el narcodictador Nicolás Maduro se hunde en la soledad de su desprestigio y su miseria moral, Petro ha decidido convertirse en su único defensor. El mundo entero sabe que Estados Unidos ofrece una recompensa de cincuenta millones de dólares por su captura, señalado como cabecilla del cartel de los Soles. Pero Petro, en un arrebato de negacionismo, afirmó que ese cartel “no existe”. Y en su reciente intervención ante la Asamblea de Naciones Unidas fue más allá, negando también la naturaleza criminal del ‘Tren de Aragua’, el otro cartel venezolano, afirmando, sin rubor, que “no es terrorista”.

Como si no bastara, el Presidente colombiano se ha obsesionado con atacar la ofensiva militar de Estados Unidos contra el narcotráfico en el Caribe, desplegada frente a las costas de Venezuela. A través de trinos, cartas y discursos saturados de sofismas, ha intentado justificar lo injustificable: lo que se convierte en una defensa velada de las organizaciones narcoterroristas. En otras palabras, Petro aparece poniéndose del lado de los carteles, con una temeridad que compromete no solo su nombre, sino la dignidad de Colombia.

Mientras Nicolás Maduro se hunde en la soledad de su desprestigio y su miseria moral, Petro ha decidido convertirse en su único defensor

Y, en una sincronía perfecta con el régimen de Maduro, cuando el mundo celebraba el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la líder opositora venezolana María Corina Machado, Petro la atacó con virulencia, tildándola de tener “amigos nazis”, en alusión a Netanyahu, y advirtiendo que su liderazgo podría “comprometer la soberanía” del país vecino. De inmediato, el dictador complementó la afrenta de su aliado con su habitual bajeza e insultos, llamándola “bruja demoníaca”.

Así las cosas, Colombia deambula hoy en el peor de los mundos: con un presidente descertificado por Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico, sin visa para pisar territorio norteamericano y extraviado entre delirios ideológicos, fantasmas revolucionarios y afinidades peligrosas. Un mandatario que, en lugar de defender los intereses de su nación, ha optado por alinearse con los enemigos de la libertad, de la democracia y de la paz. Y esa deriva no solo nos avergüenza ante el mundo: nos condena a la incertidumbre de ser gobernados por quien, con pertinaz obstinación, parece decidido a seguir arrastrando al país hacia el abismo.

ERNESTO MACÍAS TOVAR

En X: @ernestomaciast

13.10.2025

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