Dos Palestinas, una cruel realidad

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Dos Palestinas, una cruel realidad

Ernesto Macías Tovar                                                                                           

Hace ocho días, cuatro colombianos fueron asesinados en Palestina, Huila, y seis más resultaron heridos. El país se estremeció: los medios nacionales lo titularon, algunos editorializaron y

varios columnistas aludieron a los hechos, lamentando la tragedia en tierra opita. Sin embargo, Gustavo Petro, ese mismo día, publicó más de treinta trinos en su cuenta de X condenando una matanza en Palestina… pero la de Oriente Medio. Ni una palabra dedicó a nuestra Palestina.

Quedó claro, una vez más, que Petro no llora a los muertos: los utiliza, los instrumentaliza y acomoda a su narrativa progresista. No lo conmueven las tragedias humanas, sino que aprovecha la ocasión para explotarlas políticamente. Jamás ha condenado a las víctimas del genocidio en Ucrania por los misiles rusos, ni a los centenares de venezolanos aplastados por la dictadura del Cartel de los Soles; tampoco a los casi ocho millones de ciudadanos del vecino país desplazados por Maduro. Mucho menos a los miles de colombianos asesinados por los narcoterroristas en el Cauca, el Catatumbo, sur de Bolívar, Caquetá, Putumayo o el propio Huila. Y tampoco, claro, a los de nuestra Palestina.

Para él resulta más rentable, en términos políticos, condenar a Israel por responder al asalto de Hamás —grupo terrorista que, a propósito, agradeció públicamente al mandatario colombiano por haber roto relaciones con Netanyahu— que ocuparse de las víctimas de la violencia creciente en Colombia, en cuyo caso, Petro desvía la mirada cuando se le reclama que aquí padecemos un verdadero genocidio: desde que llegó al poder han ocurrido 322 masacres con más de mil víctimas; y solo en 2025, 152 líderes sociales han sido asesinados. Pero el Presidente prefiere trinar todos los días sobre “el genocidio en Gaza”, en lugar de enfrentar el drama de su país. Al fin y al cabo, y para distraer a la opinión, se ufana de su nacionalidad italiana, como si se sintiera más europeo que colombiano.

El fanatismo llega al extremo de haber alentado en Colombia grupos pro-Palestina que, junto con la reaparición de la “primera línea”, hoy vandalizan las principales ciudades. Así se gesta una nueva forma de violencia importada desde 11.500 kilómetros de distancia, mientras la Palestina nuestra, la colombiana, permanece olvidada, como tantas regiones de Colombia, ausentes incluso de la narrativa populista del gobernante.

Una cruel realidad: durante la campaña presidencial, Petro contabilizaba los muertos, así fueran pocos, para alimentar su discurso. En otras palabras, convirtió a las víctimas en insumos electorales. Una vez en el poder, las olvidó… y, peor aún, se multiplicaron.

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