
Daniel Raisbeck*
“Una votación que se llevó a cabo hace casi una década podría parecer irrelevante frente a las elecciones del 2026. Pero el plebiscito fue una elección generacional, cuyas consecuencias- o más bien, las consecuencias de ignorar su resultado- explican buena parte de la actual crisis colombiana. Y no es porque aún hablen del plebiscito las “tías uribistas”. Más diciente aún es la reciente admisión de que la mera idea del plebiscito fue un grave error, por parte del mismo expresidente que lo convocó.
Pero el error no fue convocar el plebiscito, sino no haber aprendido sus lecciones. La primera es que, en la era actual, la élite política, empresarial, mediática y académica ya no puede imponer arbitrariedades a su antojo, tomándose la molestia de consultar al votante sólo para que le brinde un tinte de legitimidad a lo que ya determinó una camarilla.
Recuerdo como si fuera ayer la expresión de total estupor de quienes se preparaban para la fiesta del Sí en el Tequendama aquél 2 de octubre. También la conferencia de prensa en la Casa de Nariño: el rostro afectado de Santos, la chaqueta de Roy Barreras, unas cinco tallas por encima de la suya. Todas señales de shock absoluto.
El desconcierto fue tal porque los periodistas, políticos, burócratas y académicos- los pepobucos- decidieron permanecer dentro de una cámara de ecos durante toda la campaña previa. Recuerdo participar en programas- en Semana, Caracol Radio- donde, como representante del No, tenía que debatir contra el rival y contra el periodista / moderador a la misma vez. En un caso, la insinuación era que mi punto de vista era cuestionable por ser privilegiado y lejano a la realidad del país.
Cuando una encuesta temprana le daba la victoria al No, una vaca sagrada del periodismo se encargó de enterrarla por una supuesta falta de rigor metodológico. Resultó ser la única que acertó. Resultó también que “la realidad del país” distaba de la de los estudios de radio de la 70 y pico con séptima, algo que logramos percibir unos pocos privilegiados. Pero no fue por tener privilegios, sino una capacidad mínima de pensamiento crítico y escepticismo frente a la autoridad.
¿Por qué es esto relevante hoy? Porque, en la política, el buen criterio es lo que pesa en el largo plazo. Y una elección generacional como el plebiscito es la balanza del buen criterio. En especial porque, para el político, quien busca popularidad y puestos por naturaleza, no es fácil oponerse al consenso del establecimiento que controla todo el Estado y forma la opinión pública, sobre todo cuando éste asegura que la abrumadora mayoría está de su lado. Por ende el valor de quien sí se opone a la narrativa dominante cuando hacerlo no da frutos en el corto plazo.
Es por ello que un Halifax no podía ser Primer Ministro tras el palpable fracaso de Chamberlain. Lo que pesaba era haberse opuesto con vigor al apaciguamiento, justo cuando éste era popular, cuando cuestionarlo significaba ir en contra de la corriente. Esta es la virtud política en el sentido romano (la de un Fabio Máximo). Por ello el lema: ¿a qué precio Churchill? El paralelo es de otro país y otra época, pero aplica a Colombia porque la dinámica esencial del criterio político es inmutable.
El momento oportuno para oponerse en público al acuerdo de Santos con las Farc era entonces, a más tardar en el 2016. Cuando, en los congresos gremiales, los participantes llevaban la paloma de la paz en la solapa. Cuando, al que sugería que era ilegítimo que las Farc ocuparan curules gratis en el Congreso como premio por sus atrocidades, se le llamaba mentiroso y enemigo de la paz. Cuando, al que advertía que las Farc seguirían alzadas en armas y traficando drogas, se le decía guerrerista. Y cuando el que alertaba acerca de los efectos fiscales a largo plazo de aumentar el gasto público, el déficit y la deuda-como hizo el “gobierno de la paz”- era un alarmista.
Muy distinta fue la experiencia en ese entonces de los altos funcionarios de Santos. Desde Hacienda fluía la mermelada, que extendía la brecha crónica entre ingresos y gastos estatales. Desde Defensa se abandonó la ofensiva contra las Farc, abriendo el camino para que los grupos armados controlaran el 70 % de los municipios, tal como muestra la reciente y tenebrosa gráfica de The Economist. Desde Cancillería y las grandes embajadas, la prioridad era vender el proceso con las Farc como la salvación de Colombia. Y también fue bajo Santos -no Petro- que Colombia empezó a alinearse con las tiranías comunistas de Venezuela (“mi nuevo mejor amigo”) y Cuba (sede de la entrega ante las Farc).
Fue ésta la antesala al actual aislamiento de Colombia, hoy un hazmereír diplomático, un país descertificado donde ni al presidente ni a sus ministros se les permite el ingreso a Estados Unidos.
Es muy fácil para los altos funcionarios del 2016, hoy candidatos, salir a prometer soluciones para la crisis fiscal, la debacle de seguridad y la grave posición diplomática. La experiencia que obtuvieron entonces- y que hoy ostentan- fue al aportar a la creación de estos problemas. Y no dudo que sean mejores- infinitamente mejores- que cualquier alfil del petrismo a la hora de resolverlos. El problema es que, en el momento crucial, no estuvieron a la altura de las circunstancias. Como se esperaba el triunfo aplastante del Sí, decidieron permanecer de ese lado pese a cualquier reserva sobre el acuerdo. Es decir, la balanza demostró su falta de peso y buen criterio.
Al recordar aquellos días del 2016, cuando promover el No era luchar contra viento y marea, caigo en cuenta que sí hubiera servido -y mucho- la renuncia de un peso pesado del santismo por oposición, fundada en principios, al acuerdo con las Farc. No sucedió, aunque hoy sabemos que sí había reservas al respecto. Leyeron las encuestas, más no el espíritu del tiempo. No en vano, el 2016 produjo también el Brexit y la primera victoria de Trump.
Pero el régimen colombiano se ha aferrado a un mundo que dejó de existir. Por ello las muy publicitadas candidaturas de Humberto de la Calle en 2018 y Alejandro Gaviria en 2022, candidatos perfectos, tal vez, para la era previa de los gatekeepers (o guardianes de la información mediática), pero no tanto para un momento en que el ágora está- paradójicamente- tanto en la extrema inmediatez de TikTok como en los podcasts analíticos y de formato largo (como sí supieron interpretar Rodolfo Hernández en el 22 y Trump en el 24).
Puede ser que, tras una década del plebiscito, el régimen pueda imponer de nuevo sus formas y sus candidatos en el 2026. Pero ahora son ellos quienes luchan contra la corriente. La pregunta es si están conscientes de ello.” (Octubre 2)
* Publicado en su cuenta de X (@DanielRaisbeck).
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