Petro y la liturgia del delirio

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Petro y la liturgia del delirio

Carolina Restrepo Cañavera*                                                                                               

(1) “Petro y la liturgia del delirio

Gustavo Petro no gobierna: predica. Cada tragedia la convierte en homilía política, cada víctima en mártir de su causa personal. El extenso mensaje que publicó tras el asesinato de un joven en Ibagué es prueba de ello: no fue el pronunciamiento de un jefe de Estado, sino la liturgia de un caudillo que necesita transformar la muerte en relato épico.

Un presidente debería condenar el crimen, exigir justicia y acompañar a la familia de la víctima. Petro hizo algo distinto: se apropió del hecho como si fuera un ataque contra él mismo. “Lo asesinaron por simpatizar con mis ideas”, escribió. La tragedia no quedó en el plano humano ni en el judicial, sino en el culto a su figura.

La explicación que ofrece no es institucional sino ideológica. Habla de “nazis”, de “fascistas” y de una conspiración del odio. Con esa retórica convierte cualquier crimen en una batalla entre el bien, que encarna él, y el mal, que representa todo aquel que lo contradiga. La realidad social se borra y se impone la narrativa maniquea.

El mensaje mezcla símbolos históricos y fantasías épicas: presidentes tolimenses, Bolívar, banderas rojas, música y poesía. Todo cabe en el guion para vestir de revolución un crimen que debería investigarse con rigor judicial. Petro no informa, dramatiza. No lidera, teatraliza.

Quizás lo más grave sea la contradicción. Después de llamar nazis a sus contradictores y de culpar a la prensa y a los “jerarcas del dinero”, concluye diciendo que su proyecto es “la política del amor”. Un amor que acusa, señala y divide. Es la misma receta de siempre: victimización personal y exaltación colectiva.

Un presidente que en lugar de dar certezas institucionales escribe letanías delirantes erosiona la confianza en la justicia y en el Estado. La tragedia se convierte en instrumento, la muerte en discurso, la política en liturgia. El país necesita serenidad, pero recibe misticismo. Petro no gobierna: predica. Y en cada sermón, Colombia se hunde un poco más en la narrativa del delirio.” (Octubre 3)

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(2) “Petro, minúsculo, está en el duelo

Carlos José Mejía era un joven soldado colombiano. Murió en circunstancias trágicas. Su padre, Luis Carlos Mejía, escribió un mensaje lleno de dolor y dignidad, agradeciendo las muestras de solidaridad y pidiendo a Dios fuerzas para sobrellevar el vacío. Ninguna palabra política. Ninguna instrumentalización. Solo el silencio sagrado del duelo.

Pero Petro no respetó ni eso.

Desde su cuenta oficial, publicó un mensaje diciendo que la “extrema derecha” estaba utilizando la muerte del joven para hacer política. Acto seguido, reveló detalles de la supuesta causa del fallecimiento, sugirió que había sido suicidio y habló de “una carta a su señora madre”, de “fallas en la educación”, de “la ilusión y el amor”. Todo en tono de fábula moral. Como si se tratara de un personaje útil para su discurso.

No hubo respeto por la familia. No hubo mesura. No hubo límites.

¿Y saben qué es lo más ruin? Que la imagen que usó era un pantallazo del mensaje del padre, quien jamás autorizó su uso, ni pidió exposición pública. El mismo padre que, con entereza, se había limitado a agradecer las condolencias sin buscar atención ni espectáculo. Un hombre quebrado por dentro, pero sereno por fuera. Y al que Petro convirtió sin permiso y sin pudor en parte de su narrativa.

Esto no es un error. Es una manera de ser. Una incapacidad humana de reconocer fronteras. Una patología del poder que no distingue entre la vida, la muerte y el ego.

Porque lo que hace Petro no es gobernar. Es colonizar el dolor ajeno. Lo absorbe, lo distorsiona, y lo devuelve convertido en insumo ideológico. Hoy, con el poder en las manos, sigue operando igual: apropiándose del duelo colectivo para recubrirse de moral prestada.

Pero la muerte no se usa. Ni se explica. Ni se narra para ganar puntos. La muerte se respeta. Se calla. Se acompaña.

Lo que hizo Petro no tiene otro nombre que ruindad. Y Colombia entera debería mirarlo con repudio. No por razones políticas, sino por razones humanas. Porque cuando un país pierde la capacidad de indignarse frente a la manipulación del dolor, lo que pierde no es el debate público: es el alma.” (Octubre 3)

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(3) “Complejo de inferioridad y resentimiento: la fórmula perfecta del petrismo

El petrismo no es un proyecto social ni una visión transformadora. Es la exaltación de un complejo de inferioridad incubado en la psicología colectiva, mezclado con el resentimiento como motor político. Un cóctel que produce siempre lo mismo: fracasos y  amargados que culpan al mundo entero, menos a sí mismos.

Ese complejo de inferioridad se expresa en la idea de que Colombia está condenada a ser pobre porque otros “nos deben” algo: el colonialismo, las élites, los empresarios, los mercados internacionales. El resentimiento, por su parte, se traduce en odio hacia todo el que sobresale: el que crea empresa “explota”, el que genera riqueza “acapara”, el que prospera “seguro robó”. Y así se convierte en virtud política culpar al otro, en lugar de asumir responsabilidad.

El petrismo ha hecho carrera como narrativa en nuestro debate público. Con esa bandera se justifican reformas improvisadas, impuestos asfixiantes a quienes producen, subsidios eternos para quienes no avanzan, y discursos que romantizan la mediocridad mientras castigan el mérito. No se trata de igualdad de oportunidades, sino de igualdad en la frustración: si yo no puedo, que nadie pueda.

Lo más grave es que este discurso no queda en simples arengas. Se moldea en políticas de Estado: se diseñan tributos para castigar al que produce, se dilapida presupuesto en subsidios ineficientes, se paralizan sectores estratégicos bajo la excusa de que todo modelo productivo es “extractivista” o “depredador”. El petrismo no se limita a interpretar el resentimiento: lo institucionaliza, lo legaliza y lo convierte en regla de juego. Y así condena al país a normalizar la mediocridad y a estigmatizar la excelencia.

El problema es que esa ideología termina moldeando a la sociedad entera. Un país que demoniza el éxito no puede atraer inversión ni talento. Un país que idolatra el resentimiento convierte la política en campo de batalla permanente. Y un país que cree que la culpa siempre es de otro está condenado a estancarse.

El petrismo no levanta a Colombia.

La arrastra.

No abre caminos, los bloquea.

Y no dignifica a los pobres: los usa como excusa para mantenerlos siempre allí.” (Octubre 2)

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* Publicado en su cuenta de X (@carorestrepocan).

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