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(1) El feminismo convertido en caricatura                                                                                

Carolina Restrepo Cañavera*

“El feminismo convertido en caricatura

Hay momentos en los que uno siente que el país se ha extraviado de una forma tan grotesca que resulta difícil de creer. No puede ser posible que los referentes femeninos que circulan hoy en redes sociales y en el debate público se reduzcan a caricaturas: una muchachita insolente que nunca estudió, que sabe que no estudió y que asume la altanería como mérito; y, al otro extremo, una señora de 60 años que decidió disfrazar de “rebeldía” lo que en realidad es desconocimiento elemental de la ley, como si falsificar un documento público fuera un gesto heroico y no un delito.

La primera se cree con derecho a todo, sin tener ni la más mínima idea de la gravedad y la responsabilidad que implica un cargo como el de viceministra en un país de esta magnitud. La segunda, en lugar de asumir la madurez y la experiencia que debería acompañar su edad, pretende vendernos la idea de que la irreverencia tardía equivale a valentía. Dos extremos que nos muestran un feminismo adulterado, banal, convertido en espectáculo barato.

El problema de fondo no son solo los personajes, sino la cultura del pobrecismo que los exalta como ejemplo. El pobrecismo ha secuestrado las banderas de las mujeres y del feminismo para convertirlas en slogans vacíos. La insolencia se celebra como “empoderamiento” y la irresponsabilidad se traviste de “rebeldía”. ¿De verdad ese es el lugar en el que queremos poner a las mujeres en el país? ¿De verdad eso es lo que significa igualdad?

El feminismo real no es una pose. No es retar a todo el mundo desde la ignorancia ni desafiar a la ley desde la comodidad de los 60 años. El feminismo auténtico exige preparación, rigor, cabeza, responsabilidad y carácter para construir, no para destruir. Hay mujeres que demuestran que hay otra forma de hacerlo: con conocimiento, con estudio, con coherencia, sin tener que caer en la farsa de la insolencia vacía ni en la rebeldía mal entendida.

Lo que estamos viendo no es feminismo. Es un feminismo espantoso, degradado por el pobrecismo, que pretende convencernos de que las mujeres debemos elegir entre la altanería ignorante y la irresponsabilidad tardía. No. Nosotras no somos eso. Y Colombia tampoco puede permitirse reducir su idea de lo femenino a semejantes caricaturas.” (Septiembre 26)

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(2) “La dignidad presidencial que nunca debió perderse

“Cuando un presidente acude ante la Asamblea General de la ONU, lleva consigo no solo su voz sino la de toda una nación. Ese momento exige un decoro que trasciende lo personal: demanda mesura, profundidad, diplomacia. En la reciente intervención de Gustavo Petro, esa expectativa institucional quedó vapuleada por un discurso más cercano a la tribuna política que al estrado diplomático.

Durante más de cuarenta minutos el mandatario arremetió contra Donald Trump, calificó de “genocidio” el conflicto en Gaza, propuso la creación de una fuerza armada para Palestina y sostuvo que los misiles que cayeron en el Caribe asesinaban “jóvenes de América Latina”, no “del Tren de Aragua ni de Hamas”.

Ahora bien: ¿ese era el escenario para exhibir su relato personal o para adelantar su proyecto político? No. En ese podio no habla un candidato ni un agitador: habla un presidente, con la investidura de representar a todos los colombianos, sin excepción. Las palabras allí pronunciadas no solo reverberan en Washington o Tel Aviv, sino en casa, en nuestra diplomacia, en nuestra credibilidad como país.

La legitimidad internacional se construye con prudencia, con propuestas serias, con respeto a las instituciones y con responsabilidad sobre el peso de cada frase. Un mandatario puede condenar atrocidades o denunciar injusticias; pero no puede hacerlo desde el estrépito permanente, como si su gobierno fuera una protesta más. No puede presentarse como víctima ante el mundo cuando, dentro de su propio país, miles experimentan violencia, inequidad y abandono.

El gesto de acusar públicamente al presidente de Estados Unidos de crímenes y demandar procesos penales no es trivial, aunque algunos lo aplaudan como osadía. Al contrario, es exceso diplomático: provoca tensiones innecesarias que Colombia no necesita, erosiona puentes con aliados y ofrece munición a quienes desconocen la diversidad de realidades nacionales para caricaturizarnos.

La oposición, no sin razón, reaccionó con indignación. Criticó el uso demagógico del podio, la omisión de nuestra propia crisis de seguridad, la ausencia de defensa de los colombianos del Cauca, del Chocó, del Catatumbo. Lo tildaron de provocador que “no le importaba Colombia”, que buscaba victimizarse, que “habló de Gaza y olvidó a los suyos”.

No se trata de arremeter contra Petro como persona. Se trata de reclamar la dignidad presidencial, esa cuya debilidad tiene efectos concretos: socava la institucionalidad, invita a la burla diplomática y debilita nuestra proyección internacional. Una presidencia digna no es aquella que ejerce la confrontación permanente sino la que sabe dosificar la palabra, elegir el momento, reconocer límites y proyectar unidad. No basta con tener causas nobles: es imperativo presentarlas con estrategia, mesura y sentido de país.

Colombia merece que quien nos represente en el extranjero exhiba respeto, primero por la investidura, luego por la coalición nacional. No podemos permitir que intervenciones que debieran dignificar al país lo expongan. Que la política exterior no sea el escenario para exabruptos ni para reafirmar divisiones: dignidad presidencial también es contener, ordenar y elevar la palabra cuando el interés nacional lo exige.” (Septiembre 24)

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* Publicados en su cuenta de X (@carorestrepocan).

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