
Martin Eduardo Botero*
(1) “La paz de los verdugos: la JEP como monumento a la impunidad
Hay momentos en la historia de un país en los que la verdad no admite eufemismos. La decisión de la Jurisdicción Especial para la Paz de condenar a los jefes del secretariado de las FARC a ocho años de “sanciones restaurativas” por más de 21.000 secuestros es uno de esos momentos. Tres billones de pesos, siete años de funcionamiento y un aparato jurídico descomunal han producido lo que hoy vemos: un fallo que no honra a las víctimas no dignifica a la justicia y no defiende a la Nación.
Lo dijo con claridad la senadora Paloma Valencia: los cabecillas de la guerrilla no pasarán un solo día en la cárcel, mientras los oficiales que defendieron la democracia purgan condenas de más de treinta años. La ecuación moral está invertida: al criminal se le abre la puerta de la política, al defensor de la patria se le encierra en una celda.
No se trata solo de un error jurídico. Se trata de un pacto de impunidad elevado a rango institucional. Los exsecuestradores podrán seguir participando en política, viajar por el mundo, posar de estadistas, mientras las familias de los desaparecidos buscan a sus seres queridos en cementerios y fosas comunes.
La JEP nació de un plebiscito que Colombia dijo NO, y sin embargo fue impuesta contra la voluntad popular. Nació torcida, y hoy recoge los frutos de esa semilla. No es justicia transicional, es justicia transada. No es reconciliación, es claudicación.
El daño trasciende lo jurídico: es un golpe al alma de la Nación. Porque al final, lo que las nuevas generaciones aprenden es que delinquir paga, que el narcotráfico se negocia y que la violencia, si se viste de discurso político, se absuelve.
En un país donde la sangre de los héroes aún clama desde el Palacio de Justicia, donde miles de familias siguen llorando a sus secuestrados, donde el Ejército resiste el asedio del narcoterrorismo, este fallo no es el cierre de una herida: es sal sobre la herida.
La historia juzgará a la JEP, no como garante de la paz, sino como el monumento a la impunidad. Y ese juicio será implacable, porque se escribirá con la voz de las víctimas, no con las sentencias de magistrados complacientes.
Bolívar dijo que “la justicia es la reina de las virtudes republicanas”. Cuando la justicia es sustituida por la impunidad, la República entera se derrumba. La tarea que nos queda no es menor: reconstruir la justicia, rescatar la memoria y devolverle a Colombia la dignidad que hoy le han robado.
Amen.” (Septiembre 16)
(Cita de Paloma Valencia L, @PalomaValenciaL, de septiembre 16: “La JEP despilfarró $3 billones durante 7 años para garantizar la impunidad total del secretariado de las Farc.
21.936 colombianos fueron secuestrados por esa organización y los máximos líderes no pagarán un solo día de cárcel. Durante 8 años deberán cumplir “sanciones propias”…)
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(2) “El Cartel de las Nubes: Petro entre la soberbia y el aislamiento
El presidente Gustavo Petro respondió a la descertificación de Colombia con una frase que pasará a la historia por su cinismo: “A mí no me importa la ayuda de Estados Unidos”. Con esas palabras, que pretendieron sonar altivas, Petro mostró el verdadero rostro de un régimen que se aferra a las nubes de su propio narco-populismo, mientras el país real se hunde en violencia, aislamiento y ruina institucional.
La soberbia como política de Estado
Petro quiso reducir la gravedad de la decisión norteamericana a un simple cálculo contable: “450 millones se pierden en un segundo”. Pero la descertificación no es una cifra: es un juicio político y moral. Es la constatación de que Colombia, bajo su mando, ha abandonado la lucha contra el narcotráfico y ha preferido coquetear con los carteles, con las disidencias y con las dictaduras vecinas.
El cartel con fachada de Estado
Hablar de “independencia” frente a Washington mientras se abrazan los tiranos de Caracas y La Habana es la peor farsa. La cooperación de EE.UU. no se mide en pesos ni en dólares: se mide en legitimidad internacional, en seguridad para nuestras fuerzas del orden, en inteligencia para proteger a los colombianos. Renunciar a ella con una sonrisa es como dinamitar los puentes y celebrar el incendio.
El aislamiento como estrategia
Petro ya no dialoga con la comunidad internacional, la desafía. Ya no construye alianzas, las rompe. Ya no busca ser socio, sino mártir del antiimperialismo tropical. Pero la historia enseña que los regímenes que se aíslan tras un discurso de soberbia terminan convertidos en caricaturas, arrinconados y perseguidos por la justicia internacional.
La responsabilidad que no se borra
No es la ayuda lo que está en juego, es el nombre de Colombia. Hoy nos catalogan junto a Venezuela y Afganistán, y ese baldón no lo llevará solo el presidente: lo cargarán las instituciones complacientes, los órganos de control silenciados, las cortes arrodilladas y quienes prefirieron callar ante el avance del narco-Estado.
Una llamada a la Patria
Simón Bolívar advirtió: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder”. Hoy la advertencia resuena como un eco profético. El “cartel de las nubes” no podrá ocultar por mucho tiempo la tormenta que se avecina: el despertar de un pueblo que no acepta ser gobernado por la soberbia y la mentira.
Colombia no es Petro. Colombia es su gente, sus soldados, sus campesinos, sus instituciones que aún resisten. Y es hora de levantar la voz para reconstruir la República, antes de que la niebla del narco-populismo nos robe hasta la memoria.
Amen.” (Septiembre 16)
(Cita de La FM, @lafm, de septiembre 16: “#MinutoAMinuto |“A mí no me importa la ayuda de Estados Unidos”: el presidente Gustavo Petro le restó importancia a la posible disminución de recursos de cooperación por parte del Gobierno Trump tras la descertificación. “No es que sea un berraco error 450 millones de dólares…”)
* Publicados en su cuenta de X (@boteroitaly).
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