Eduardo Mackenzie
Lo que más me sorprende de este periodo de prematura campaña presidencial no es el número insólito de precandidatos –ya son casi 100–. Tampoco me intriga la aparición de una forma de terrorismo de Estado que, en días pasados, asesinó en Bogotá a un senador e importante precandidato, Miguel Uribe Turbay, ni que obscuras bandas criminales que fueron reforzadas por la política artera de Gustavo Petro de “paz total”, estén jugando el papel de comodines y dispuestas a cumplir nuevas órdenes contra otros precandidatos para sembrar el caos definitivo entre las mayorías opositoras.
Lo que me sobresalta es que una parte importante del electorado –34.1%, según el reciente sondeo de Atlas-Intel/Bloomberg–, aspire a que Gustavo Petro o, en su defecto, el senador comunista Iván Cepeda Castro, se imponga en las elecciones legislativas y presidenciales de 2026.
Alarma que en la fase final de un gobierno inepto, lumpen y culpable, que en tres años desbarató la fuerza pública, estropeó el sistema de salud nacional, gravó al país con impuestos expoliadores y hambreadores, volvió polvo Ecopetrol y las plusvalías energéticas del país (petróleo, gas, carbón) y transformó la diplomacia colombiana en un carga-ladrillos de la dictadura genocida de Nicolas Maduro, haya todavía, a pesar de esas calamidades colosales, un 34% del electorado que busca seguir y agravar este cuadro de miserias creyendo que las destrucciones socialo-comunistas son lo mejor que le puede ocurrir a Colombia y a sus 53 millones de habitantes.
Ese 34% no piensa esta realidad como un desastre. Como esa fracción está a sólo a 17 puntos de alcanzar el 51% necesario en nuestro sistema para alcanzar el poder ejecutivo, la actual mayoría de votantes potenciales que perfila el citado sondeo podría ser fraccionada aún más para que un bloque inferior de extrema izquierda se imponga sobre los grupos y partidos de la llamada “centro-derecha”, mayoritaria pero huérfana de dirección y organización.
Por una docena de razones, pocos le apuestan a una reelección de Gustavo Petro. Sin embargo, la clique comunista secreta que asesora a Petro, que el erudito analista político José Alvear Sanín llama el “politburó”, estima que el mejor sucesor sería Iván Cepeda Castro, a quien la prensa describe, por ignorancia o por temor, como un “defensor de derechos humanos”. ¿No saben acaso lo que ese personaje representa?
Sin entrar en el asunto de sus sórdidos recorridos por cárceles para manipular delincuentes y obtener testimonios falsos contra el expresidente Álvaro Uribe (los bolcheviques acudieron siempre a las peores villanías para liquidar a sus adversarios), es hora de ver al Iván Cepeda Castro desde el ángulo que nadie quiere tocar.
Por su formación ideológica y su trayectoria política, Iván Cepeda Castro representa el comunismo colombiano e internacional en todo su esplendor. El encarcelamiento, la tortura y muerte sistemática de 100 millones de seres humanos inocentes por los regímenes comunistas de Rusia, China, Camboya, Vietnam, Yugoslavia y la RDA (1), jamás ha sido repudiado por Iván Cepeda. Por el contrario, durante 25 años, él puso sus facultades de parlamentario al servicio de los proyectos subversivos de las comunistas FARC, bajo el ropaje de defensor de la paz.
Además, sin su oposición, su familia política trata de que olvidemos lo que, con sus pueblos, hicieron regímenes comunistas como la Cuba de los Castro, la Etiopía de Mengistu, la Corea del Norte de Kim Il-sung y descendientes, el Afganistán de Teraki, Armin, Karmal y Najibullah, y el Zimbabue de Mugabe. Y, por último, pero no menos grave, quieren que borremos de nuestra memoria los ocho millones de víctimas de las FARC, ELN, EPL y M-19 en Colombia (2), así como las 69.000 de Sendero Luminoso en Perú, y las otras decenas de miles de víctimas de las guerrillas que Moscú y La Habana instalaron y financiaron durante décadas en Brasil, Argentina, Chile, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Uruguay y Ecuador.
¿Qué consecuencias históricas, políticas y psicológicas dejan los crímenes del comunismo en Colombia? ¿Como afectó eso la conciencia ciudadana y las instituciones democráticas del país? ¿Por qué Iván Cepeda Castro intentó, desde 2019 hasta la llegada de Gustavo Petro a la Casa de Nariño, perturbar y politizar el trabajo histórico sobre la criminalidad comunista? ¿Qué significa que un representante de esos horrores sea visto como una solución de gobierno para los próximos años? ¿Hay acaso dos memorias y dos Colombias irreconciliables?
Para resolver ese enigma habría que recurrir a la explicación que dio el escritor Thomas Mann en 1945, cuando muchos se preguntaban en la Alemania de la postguerra por qué más de la mitad de la población, se habían dejado hipnotizar en los años 30 por la demagogia de un iracundo caporal austriaco. En una emisión radial, Thomas Mann lanzó esta frase: “No hay dos Alemanias, una buena y otra mala, solo una que, por una astucia del Maligno, transforma lo mejor en lo peor”. Desde luego, era un calambur, pues el autor de La Montaña Mágica veía que la caída en el nazismo no respondía a un efecto hipnótico, sino a perfiles culturales profundos y a las ilusiones de un largo periodo. Por ello, Mann imploró a sus compatriotas reflexionar honestamente, sin capitular ante las excusas habituales, para encontrar salidas razonables y de largo aliento.
¿No estamos los colombianos ante un trance psicológico similar? ¿Vamos a pensar correctamente y a liberarnos de la imaginería tóxica del comunismo en sus numerosas versiones, incluida la más reciente, el petrismo? ¿Vamos las mayorías a trabajar para evitar el pánico, la división, la confusión, los egoísmos, que son las palancas preferidas de la minoría para imponerse y profundizar el desastre? Los precandidatos realmente patriotas tienen la palabra.
(1).- Es la cifra dada por tres grandes investigadores del fenómeno comunista: Stéphane Courtois, Martin Malia y Edwards Rummel.
(2).- El Centro Nacional de Memoria Histórica, de Bogotá, afirma que esas cinco organizaciones armadas dejaron tras de sí 8.190.451 víctimas.
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