
Martin Eduardo Botero
“Corina y Uribe: Dos rostros, una misma persecución. Del chavismo al neochavismo judicial.
En las democracias que se intoxican de ideología, la justicia deja de ser una garantía y se convierte en bisturí de la venganza. Ya no busca la verdad, sino que ejecuta un relato. A veces, la operación es sangrienta y burda, como en Caracas. Otras, se realiza con guantes blancos, revestida de tecnicismos, como en Bogotá. Pero siempre deja cicatrices. La toga reemplaza al debate; el expediente, a la deliberación pública. La justicia ya no equilibra: azota. Ya no protege: castiga. Ya no examina hechos: elimina adversarios.
Y en ese espejo roto de América Latina, la figura de Corina Machado, inhabilitada por desafiar al régimen, se proyecta hoy con nitidez en la de Álvaro Uribe Vélez, condenado en nombre de una justicia que ha dejado de ser imparcial para volverse militante. Una justicia que no investiga con objetividad, sino que selecciona objetivos. Dos caminos distintos, dos generaciones, dos lenguajes. Pero una misma herejía: haber desafiado al nuevo autoritarismo que se disfraza de progresismo y habla en nombre de la paz, mientras exime a criminales y persigue a quienes los combatieron.
A Corina la silencia el chavismo aún enquistado en Venezuela. A Uribe lo encierra un aparato judicial que, infiltrado por ese mismo ideario, avanza en Colombia bajo nuevas máscaras y viejas venganzas. Ambos han sido convertidos en “enemigos internos” por el poder. A Corina la inhabilitan por denunciar la dictadura. A Uribe lo condenan por enfrentar el pacto con el terrorismo.Pero ambos comparten lo que los hace temibles para los regímenes populistas: una conexión con el pueblo no mediada por partidos, una legitimidad natural, y una firmeza ética que incomoda a los que se disfrazan de democracia para consolidar una hegemonía.
En Venezuela, el chavismo es el régimen. En Colombia, Petro apenas ha comenzado su transformación institucional, pero ya cooptó la fiscalía, activó la propaganda, y busca controlar la justicia mediante nombramientos y pactos oscuros.
¿Cómo se persigue al opositor en democracia? No con tanques, sino con sentencias. No con balas, sino con recusaciones. No con dictadores, sino con jueces funcionales al poder. Álvaro Uribe, ex presidente, ex senador, perseguido durante años, condenado sin pruebas directas, en un proceso plagado de irregularidades, con jueces que no se declararon impedidos y con una estrategia política de anulación moral desde hace más de una década.
La herejía de no pactar
Corina Machado representa la integridad civil frente a una dictadura. Uribe, la resistencia institucional frente a un régimen en construcción. Ambos se atrevieron a algo imperdonable: no pactar.
Corina no pactó con la “transición” de cartón propuesta por el régimen bolivariano. No reconoció el Consejo Nacional Electoral chavista. No aceptó su papel de “opositora funcional”. Uribe no pactó con los acuerdos de impunidad de La Habana. No legitimó el relato que transforma a los asesinos de las FARC en víctimas. No se alineó con la narrativa oficial que exige pedir perdón por defender el Estado.
En ambos casos, la respuesta fue la misma: primero, la demonización pública. Después, la persecución judicial. Y finalmente, la condena simbólica. No importan las pruebas; basta el relato. No importan los argumentos; basta el prejuicio.
En ambos casos, la estructura judicial ha dejado de ser garantía de derechos para convertirse en herramienta de exclusión.
De la inhabilitación a la cárcel
En Caracas, la dictadura inhabilita. En Bogotá, la dictadura judicial encarcela.
Corina fue excluida de las elecciones con un decreto que ni siquiera intentó justificar jurídicamente lo injustificable. Su pecado fue ganar las primarias con apoyo popular arrollador. El castigo: la muerte política civil.
Uribe fue condenado a 12 años de prisión por una narrativa sin pruebas directas, sin confesiones, sin evidencia de dolo personal. Una sentencia de 1.114 páginas cuya longitud no compensa su falta de sustancia. Una decisión adoptada por magistrados que, en algunos casos, debieron haberse declarado impedidos y no lo hicieron. Un proceso donde los testigos estrella se contradijeron o retractaron, y donde la apelación aún ni siquiera ha comenzado porque —absurdamente— el expediente no ha llegado al tribunal de segunda instancia.
Mientras tanto, la justicia colombiana ha creado una Sala Penal exclusiva que, del 5 al 20 de agosto, solo se dedicará al caso Uribe, en una muestra de concentración de esfuerzos judiciales sin precedentes. Una justicia hiperactiva cuando el acusado es incómodo, y dormida cuando se trata de los beneficiarios del pacto de impunidad con la guerrilla.
A Corina la salvaron las urnas y la comunidad internacional. A Uribe lo puede salvar un pueblo que no está dispuesto a perder su libertad en nombre de una justicia domesticada.
El enemigo moral del régimen
Corina Machado es para el chavismo una amenaza existencial. Es la encarnación de lo que el socialismo del siglo XXI no puede tolerar: una mujer fuerte, libre, racional, con coraje civil y sin militancia revolucionaria. Es su espejo invertido.
Álvaro Uribe es para el proyecto de Petro y sus aliados, el obstáculo mayor a la refundación ideológica de Colombia. No solo por lo que representa —la seguridad democrática, el crecimiento económico, la autoridad legítima del Estado— sino porque su sola existencia desmiente la narrativa oficial de las “víctimas buenas” y los “victimarios redimidos”. Uribe es el testimonio vivo de una Colombia que resistió al terrorismo y no pidió disculpas por hacerlo.
Dos caminos, un mismo método
En Venezuela, la maquinaria judicial es abiertamente chavista. En Colombia, la cooptación ha sido más elegante: fiscales designados a dedo, magistrados que responden a estructuras de poder político-judicial, operadores que antes sirvieron en gobiernos que combatieron a Uribe. Una red de afinidades ideológicas, rencores políticos y cálculos personales que ha hecho del expresidente su objetivo más preciado.
El método, sin embargo, es el mismo:
**Inventar un relato coherente y mediático.
**Crear un proceso interminable para agotar al acusado.
**Filtrar información selectiva para manipular la opinión pública.
**Negar sistemáticamente los recursos, dilatar lo favorable, acelerar lo condenatorio.
En el fondo, se trata de eliminar al adversario con la legitimidad de la toga. No porque haya cometido un crimen, sino porque representa una amenaza. Y esa amenaza es doble: moral y política.
Corina y Uribe son dos advertencias. Cuando el derecho es sustituido por la causa, cuando el debido proceso es subordinado al relato político, cuando el adversario se convierte en enemigo, la democracia ya ha dejado de existir, aunque siga celebrando elecciones.
El precio de no doblegarse
Corina Machado lucha por recuperar sus derechos políticos. Álvaro Uribe lucha por su libertad. Ambos han pagado el precio de no inclinar la cabeza ante el poder hegemónico. Son víctimas de un proceso continental más profundo: la conversión de la justicia en herramienta política.
Esto no es nuevo. Lo advirtió Hannah Arendt cuando denunció los “procesos espectáculo”. Lo vivió Vaclav Havel en Checoslovaquia. Lo sufren hoy los opositores rusos, los críticos del régimen nicaragüense, los perseguidos judicialmente en Bolivia y Ecuador.
Ahora, Colombia —que solía ser un baluarte democrático en el continente— se desliza peligrosamente hacia ese abismo, donde los jueces ya no preguntan qué pasó, sino a quién le pasó, y ajustan el veredicto en consecuencia.
Una advertencia para la región
Corina y Uribe no solo son víctimas. Son advertencias. Son las señales de alarma de un continente donde el derecho ya no limita el poder, sino que lo consagra. Donde las elecciones existen, pero la justicia ya no es garantía, sino amenaza. Donde los adversarios políticos no son debatidos, sino eliminados procesalmente.
Y sin embargo, hay esperanza. En Caracas y en Bogotá. Porque el pueblo no es tonto. Porque los jueces no son todos iguales. Porque la verdad, tarde o temprano, rompe el cerco. Y porque hay nombres —como Corina y Uribe— que no se borran con sentencias.
Amen.” (Agosto 6)
* Publicado en su cuenta de X (@boteroitaly).
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