Uribe, fallo judicial y política

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Uribe, fallo judicial y política

Alfonso Monsalve Solórzano

El juicio al expresidente Uribe se define, en primera instancia, mañana, como todo mundo sabe. Lo que Colombia ha visto en los medios es que se trata de un impresionante montaje de la extrema izquierda, que viene

desde el gobierno de Santos, para cobrarle el hecho de que haya derrotado militarmente a las Farc y las haya llevado, en esa condición a negociar su entrega; y, que de paso, haya mostrado el camino para derrotar a las otras organizaciones de extrema izquierda y extrema derecha.

La traición de Santos convirtió esa derrota en un triunfo, al concederles todo tipo de gabelas políticas, económicas y judiciales, diseñando en este último ítem una justicia a su medida, es decir de impunidad total, mientras juzga con dureza a quienes los combatieron.

Su infame vendetta tiene dos componentes compartidos por las disidencias de las Farc, el ELN por el Pacto Histórico, por las autodefensas y por el señor Petro: uno, ha sido la guerra política consistente en ganarse la mente de la gente para convertir, en verdad, de tanto repetirla, la mentira de que Uribe es responsable de delitos atroces, de paramilitarismo, de todo aquello que entierre su legado y lo grabe en la memoria de los colombianos como un criminal de lesa humanidad.

El otro, que complementa y refuerza al anterior, es la lawfare, la guerra jurídica a la que ha sido sometido, para encarcelarlo, a costa de lo sea: el senador Cepeda, la “la víctima”, de las entrañas mismas del entorno de las FARC, hizo su carrera en el senado a punta de acosar, política y moralmente a Uribe; creo que se puede decir que su persecución contra el expresidente es el objetivo central de su vida y le ha servido tanto que ahora parece ser el candidato presidencial del petrismo en las próximas elecciones.

Pero todo parece estarle saliendo mal a sus enemigos, con Iván Cepeda y Armando Montealegre a la cabeza, así como a la Fiscalía actual y  algunos exmagistrados de la Corte Suprema de Justicia. No voy aquí a reproducir todas sus inconsistencias, montajes, mentiras, etc., a las que han recurrió para llevar a Uribe a prisión.  Baste decir que es asombroso que magistrados ya retirados de la CSJ hayan convertido a Uribe, de acusador a acusado, cuando este denunció que Cepeda estaba buscando incriminarlo buscando testigos en las cárceles, a cambio de traficar beneficios. También lo es que la fiscalía haya cambiado a un fiscal que había pedido la preclusión del caso, por otra que lo acusó y apareció en los medios intercambiando “cordialmente” con Cepeda, o que mandase señales sospechosas a los testigos.

En cambio, es muy diciente que los “testigos” de la fiscalía y las victimas hayan resultado sin credibilidad; sus pruebas, sin sostén fáctico alguno o manipuladas y pruebas desaparecidas si son favorables a Uribe; además del manejo torcido de interceptaciones ilegales.

El contexto político ha trastocado los planes del petrismo: el prestigio de Uribe durante el lawfare, no sólo no ha sido disminuido, sino que ha crecido en medio de este juicio, gracias a que los colombianos lo hemos podido seguir en vivo y en directo las incidencias del juicio. Y esto, en medio de un proceso electoral, que Petro quiere manipular o impedir, según sea su conveniencia.

La esencia de la campaña a la presidencia del petrismo fue atacar a Uribe: acuñó el término “uribismo” para designar una corriente paramilitar, corrupta y ladrona, y así descalificar, estigmatizar y señalar a cualquiera -uribista o no- que se le opusiera.

 Durante su gobierno ha llevado su ofensiva de guerra de desinformación al extremo, ahora con el poder y la visibilidad que este le da, mediante sus propios trinos y redes sociales y con las bodegas contratadas por él y sus secuaces. Y en esta etapa preelectoral ha puesto en la mira de los asesinos de las disidencias y de las bandas criminales, a la oposición, disparando contra Miguel Uribe, cuyo único “pecado” es ser precandidato del Centro Democrático a la presidencia, quien defiende férreamente la recuperación de la seguridad y la soberanía interna.

Es un ataque contra Miguel, pero también contra lo que él representa, encarnado en la figura de Álvaro Uribe: la seguridad para todos, la lucha contra las mafias y el narcotráfico; pero también la cooperación entre los ciudadanos, opuesta a la lucha de clases; el fin del estatismo neomarxista, la defensa de la propiedad privada y la recuperación de las conquistas sociales como la salud desde un modelo mixto público – privado.

No solo los uribistas, sino también cualquier ciudadano que tenga sentido de justicia, espera que el expresidente sea declarado inocente por la jueza. Pero más allá de esta expectativa, en este contexto electoral, desde mi punto de vista, en cualquier caso, Uribe saldrá fortalecido: si es condenado, lo van a convertir en un mártir, a pesar de todos los esfuerzos que harán para enlodarlo; y si lo declaran inocente, lo volverán un héroe que ha resistido los embates del petrismo y los GAOS, a pesar de que todos ellos intentarán revertir el fallo. En cualquiera de los casos, Uribe será el jugador principal de las próximas elecciones.

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