
Ernesto Macías Tovar
Hay que decirlo sin eufemismos y hasta el cansancio: Gustavo Petro no ha gobernado ni gobernará. Su verdadera vocación es la agitación; su único oficio, el de incendiario de plazas y redes sociales. Desde el primer día ha utilizado la polarización como estrategia y el erario como caja menor para financiar la más peligrosa campaña continuista que haya conocido Colombia. Que no quepa duda: Petro no pretende gobernar, sino perpetuarse, por encima de la Constitución.
No se veía una escena pública tan funesta desde la firma del acuerdo entre Santos y las Farc. El pasado 21 de junio, en la plazoleta de La Alpujarra, en Medellín, se cruzaron todos los límites de la ignominia. Allí, sobre una tarima disfrazada de acto oficial, desfilaron criminales de alto perfil, presentados como “personas en rehabilitación”. Eran los jefes de bandas que han sembrado el terror en el Valle de Aburrá: alias Douglas, alias Tom, alias Pesebre, alias Vallejo, alias El Indio, alias Ramón Chaqueta, alias El Saya, alias Albert, alias Juan 23… y muchos más.
Lo ocurrido en Medellín reviste una gravedad institucional alarmante. Ya había causado estupor que Petro nombrara como “gestores de paz” a 18 exjefes paramilitares y a 34 cabecillas de organizaciones como el ELN, las Farc y el Clan del Golfo, con el único propósito de liberarlos de la justicia. Además, a través de su recién incorporado colaborador -el “Rasputín criollo”, hoy apoltronado en el Ministerio de Justicia- les anunció que suspendería sus órdenes de extradición ‘si se portan bien’. Y ahora va más allá: los exhibe como trofeos guerra política en medio de una cruzada de agitación social.
La mal llamada “paz total” fue, desde su origen, un engaño premeditado a la nación. Una artimaña cuidadosamente calculada para debilitar al Estado, socavar las instituciones y empoderar a las estructuras criminales, hoy reconfiguradas como aliados políticos del régimen. Esos grupos avanzan robustos y sin freno por todo el país, amparados desde la propia Casa de Nariño. Paralelamente, la economía del narcotráfico crece de forma exponencial: según el más reciente informe de la ONU, los cultivos ilícitos en Colombia superan ya las 253 mil hectáreas. Nunca antes fueron tan poderosos.
Mientras tanto, Petro persiste. Les concede beneficios, los trata como socios y les allana el camino para expandirse, a cambio de respaldar sus oscuras intenciones. Se trata de una alianza tácita: él busca sostenerse en el poder sin ejercer el gobierno; ellos, afianzar su dominio territorial y multiplicar sus negocios ilícitos. Entre tanto, la democracia se desmorona y las instituciones colapsan, como castillo de naipes que se derrumba ante el soplo constante de la ilegalidad.
La tarima montada en Medellín no fue un acto de reconciliación: fue una provocación desafiante. No fue un mensaje institucional: fue un mitin proselitista, una antesala de lo que vendrá si ninguna instancia del Estado detiene este desvarío autoritario. Esa tarima tenebrosa es la evidencia más nítida de que Petro ha tomado el atajo hacia la eternización en el poder. Por las buenas o por las malas. Tal como lo anunció -y cumplió- su consejero y amigo: el dictador Nicolás Maduro.
Aquella tarima siniestra, atiborrada de cabecillas criminales y corruptos, no fue un anuncio del jefe de Estado a la nación, sino uno de tantos espectáculos proselitistas que veremos en adelante, salvo que exista poder institucional capaz de contenerlo… o que el verdadero pueblo se rebele.
@ernestomaciast
https://www.elnuevosiglo.com.co/, 27 de junio de 2025.
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