
Ernesto Macías Tovar
Gustavo Petro suele citar con insistencia ‘Cien años de soledad’, intentando emular al coronel Aureliano Buendía, personaje central de la obra maestra de Gabriel García Márquez. Pero más allá del nombre -que adoptó como alias en el M19-, poco o nada los une.
Curiosamente, parece no haber leído ‘El otoño del patriarca’, publicada hace cincuenta años por el Nobel colombiano. En ella, “Gabo” retrata el ocaso de un dictador caribeño, envuelto en corrupción, megalomanía y un aislamiento absoluto. Con una prosa envolvente, la novela aborda los estragos del poder sin límites, el delirio autocrático y la inevitable decadencia. Es una metáfora demoledora de los regímenes autoritarios de América Latina en aquella época.
Por momentos, el lector puede sentir que el relato fue escrito para describir la realidad que hoy vivimos en Colombia. Por ejemplo, Gabo escribe: “La primera vez que lo encontraron, en el principio de su otoño, la nación estaba todavía bastante viva como para que él se sintiera amenazado de muerte hasta en la soledad de su dormitorio, y sin embargo gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás.” Una frase que Petro debería leer en voz alta frente al espejo.
La soledad del poder, que suele llegar al final del mandato para quienes desgastan su capital político en el ejercicio real del gobierno, se le ha anticipado al actual presidente. No es para menos: Petro prefirió agitar el país con discursos y trinos incendiarios antes que gobernar; improvisar antes que planificar; dividir y polarizar antes que construir.
A diferencia de todos sus antecesores, Petro ha visto cómo sus ministros le dan la espalda apenas cruzan la puerta de salida. El excanciller Álvaro Leyva, los exministros José Antonio Ocampo, Cecilia López, Alejandro Gaviria, Germán Umaña, Luis Carlos Reyes, Mauricio Lizcano, entre otros, han marcado distancia una vez se fueron del gobierno. Hasta Roy Barreras -su exembajador y escudero político- renegó públicamente del petrismo. Incluso, las marchas financiadas se desvanecieron. Y Gustavo Bolívar, su más leal amigo, fue desairado por Petro en un momento crucial, cuando alistaba maletas para salir a su campaña.
Hoy, Petro solo conserva a quienes aún ocupan cargos en el gobierno. Son compañeros de gabinete, no amigos de convicciones. Su “nuevo mejor amigo” y compadre de andanzas, Armando Benedetti, encarna mejor que nadie la fugacidad de esas alianzas construidas en la conveniencia y no en la lealtad.
La soledad de Gustavo Petro no es literaria, ni simbólica. Es real, es política y, con el transcurrir de los días, será irreversible.
1 junio, 2025
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