
Alfonso Monsalve Solórzano
Petro, se sabe, amenazó al país con una huelga general para presionar su nueva consulta popular, idéntica a la anterior más cuatro preguntas tramposas sobre la salud. Esto, aunque también, a través de sus ministros estuvo de acuerdo con revivir la reforma que le fue negada en la Comisión Séptima del Senado.
Como quien dice, aparentemente apostó a todos los caballos, pero hay analistas muy juiciosos que piensan que lo que realmente le importa es la consulta, no porque lo que necesita es tener el país en permanente agitación, no sólo para ocultar sus desafueros y fracasos, sino, para avanzar en sus estrategias con el objetivo de permanecer en el poder generando condiciones para deslegitimar las instituciones de la democracia representativa como el congreso, cerrándolas, mediante un golpe de estado, o sometiéndolas de hecho a través de la imposición de sus reformas usando el miedo. Y no olvidemos que esa estrategia se aplica a las Cortes, si no las coopta y no se pliegan a su voluntad.
Las declaraciones llamando a la huelga general y prohibiendo a las fuerzas del orden que impidan su desarrollo, para imponer su política, son el desconocimiento total de la Constitución del 91, que se basa en la división de poderes. En ese sentido, es un acto de traición a nuestro ordenamiento jurídico que el juró defender, pero que quiere destruir y sustituirlo por un régimen comunista, un acto de máxima indignidad política intolerable, como hizo saber al país en la alocución de Barranquilla, con un fondo en el que se ve la hoz y el martillo encima de una leyenda que reza “Todo el poder para el pueblo”. (Después, para mitigar el mensaje de semejante imagen, dijo que él no estaba buscando el socialismo, aunque quisiera. A otro perro con ese hueso.
Razón tiene el expresidente César Gaviria cuando dice que, de no rectificar y continuar por ese camino, los colombianos podrían desconocerlo como presidente y jefe de estado. Petro lo acusó de sedicioso, pero el expresidente no está usando armas para impedir transitoriamente el libre funcionamiento del régimen constitucional o legal vigentes, como estipula el artículo 468 del código penal colombiano; simplemente está advirtiendo una situación de extrema peligrosidad para nuestra democracia y la consecuencia política y jurídica que aquella tendría.
En cambio, Petro está incitando a la rebelión, que según el artículo 467 del mencionado código, tipifica la acción de aquellos “que mediante el empleo de las armas pretendan derrocar al Gobierno Nacional, o suprimir o modificar el régimen constitucional o legal vigente”. Pues eso es lo que significa convocar a la primera línea urbana y rural, a la burocracia sindical y a sus activistas, a las células terroristas infiltradas en las universidades, a las mingas prepagadas y a las guardias de los GAOs, para que “pacíficamente”, hagan paros armados, bloqueen vías, carreteras, puertos y aeropuertos para crear desabastecimiento, cercar por hambre a la ciudadanía e impedir la movilidad ciudadana en las carreteras y ciudades; para que destruyan el equipamiento urbano; se tomen el congreso y las cortes para ejercer presión, ataquen a la policía para “defenderse”. En fin, todo el repertorio que ya conocemos del mal llamado “estallido social” con el que los bárbaros sembraron el terror y provocaron la elección de Petro, aupado, en un buen porcentaje por una ciudadanía asustada, para que tuviese una oportunidad de gobernar y cesase el horror; sólo que se equivocaron y, en esta ocasión, les repetirán la dosis a los asustados para quedarse y consolidarse.
Algunos de mis conocidos dicen que lo de Petro es un alarde, que no tiene la posibilidad de movilizar a casi nadie, que no va a pasar nada. Citan como última prueba la escasa participación del “pueblo” en Barranquilla en el famoso cabildo abierto de marras, muchos de cuyos asistentes, señalaron, fueron traídos en bus, y a pesar de que los “influencers” paniaguados -que viajaron, en el colmo del cinismo y el abuso gubernamental, en un avión de la policía- hicieron lo posible por ambientarla antes, y, por magnificarla después. Argumentan mis interlocutores que “no debemos convertirnos en tribuna de algo que puede ser puro humo”.
Ya en otra ocasión critiqué esa postura. Lo que dicen es que como puede ser humo, no hay que hacer nada. ¿Y con qué criterio descartan que no sea humo, que también es la otra posibilidad? Cuando uno es un empleado, que laboró un largo tiempo para ganarse una merecida pensión, tiene una silla cómoda y un escritorio para escribir cuentos desde un retiro seguro con un paisaje hermoso, o es un empresario que prospera a punta de esfuerzo y trabajo honrado, tienden a creer que los demás se comportan con la decencia y la lógica que ellos poseen. Una de sus creencias más acendradas es que, en política, los revolucionarios de extrema izquierda o los reaccionarios de extrema derecha, se comportan como ellos lo hacen, respetando el estado de derecho y actuando en el marco de la ley. Pero no hay tal. Ya Lenin demostró en Rusia que una pequeña minoría intrépida y disciplinada se puede tomar el poder aprovechando las debilidades del régimen y la división de los ciudadanos, si son capaces de crear una situación caótica y aprovecharla.
Y el propio Petro demostró que una minoría de ese tipo le permitió llegar a la presidencia, aprovechando que el caos que generó produjo temor e incertidumbre entre los colombianos, como lo reseñé más arriba. La lección es que no necesita mayorías, sino crear caos, temor e incertidumbre y que para hacerlo no escatimará esfuerzo ni método de lucha que le sea funcional. Y a diez meses de la primera vuelta presidencial y a un año de la segunda, Petro intentará hacer lo que tenga que hacer para ganar. Lo está diciendo en todos los tonos.
Es cierto que tiene debilidades: no tiene el reconocimiento necesario para ganarse las elecciones del año entrante porque los ciudadanos del común saben que es corrupto, que su política de paz total le está entregando zonas enteras del país a los GAOs narcotraficantes mientras debilita nuestras fuerzas armadas, que está desconociendo el equilibrio de poderes, destruyendo el sistema de salud, y un largo etc. Pero esas debilidades son tales en una contienda electoral normal, con candidatos que le sean leales al sistema; pero Petro no lo es. A estas alturas incluso es incierto si habrá proceso electoral el año entrante, o de efectuarse, si será razonablemente imparcial el sistema electoral.
En este contexto, lo adecuado es estar preparado para lo peor, tratando de actuar para que no ocurra.
Puede haber llegado el momento de decir ¡Basta! Hay que perder el miedo al miedo. Petro sólo entiende el lenguaje de la fuerza. Lo que ocurra este fin de mayo y las dos primeras semanas de junio en el senado, que será acosado, no sólo en la Plaza de Bolívar, sino en todo el país, escalando una ofensiva contra su autonomía, nos irán diciendo el real curso de los acontecimientos. De entrada, como han propuesto algunos, hay que rodear al congreso; promover, una movilización nacional urgente pero consensuada para tal fin, Y, como dicen otros analistas, mociones de censura contra Benedetti y Jaramillo, entre otras acciones.
La movilización de la ciudadanía dentro del marco del estado de derecho para defenderlo de la rebelión promovida desde le corazón mismo del gobierno, podría estar, más pronto que tarde, con mecanismos de resistencia civil que van desde las protestas masivas y huelga general, hasta la desobediencia civil contra el gobierno de Petro. Es legítimo porque se trata de defender el estado de derecho, dentro de la legalidad contra el accionar de alguien que quiere destruirlo.
Leave a Reply