A los ‘madrazos’

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A los ‘madrazos’

Ernesto Macías Tovar                                                                                

Nuestra Constitución ordena que el Presidente de la República simbolice la unidad nacional y garantice los derechos y libertades de todos los colombianos. Hoy, esa premisa yace en ruinas. La institución

presidencial, que hasta hace dos años y medio era un baluarte respetado de la democracia, ha sido arrastrada y envilecida de la peor manera.

Cuando Gustavo Petro asumió el poder y dejó entrever un talante que parecía únicamente beligerante, pensamos que se trataría apenas de un estilo áspero de confrontación política y nos preparamos para enfrentarlo argumentativamente. Nos equivocamos. El tiempo demostró que no era un método, sino su naturaleza: el ataque visceral como forma de gobierno. No debate: descalifica. No discute: agrede. Y cuando aún resta más de un año de mandato, su tono pendenciero y su agresividad crecen sin control ni límites.

Recientemente, la carta pública de su ex canciller Álvaro Leyva, quien advirtió sobre un “problema de drogadicción” en el jefe de Estado, parece haber sido un catalizador de su furia y la confirmación de aquella advertencia. El jueves pasado, desde la Costa Caribe, en uno de sus acostumbrados discursos incendiarios, Petro insultó al presidente del Congreso, llamándolo “HP”, solo por proponer una deliberación en el legislativo sobre las preguntas anunciadas para la consulta popular que pretende imponer. Y cuando se esperaba que sus subalternos cercanos le señalaran el error, el “madrazo” presidencial fue celebrado, grotescamente, por su ministro del Interior, Armando Benedetti —drogadicto confeso— y por Gustavo Bolívar, director del DPS.

Ese mismo día, en Puerto Gaitán (Meta), otro alto funcionario del régimen, el ministro de Salud Guillermo Jaramillo, exhibió igual violencia verbal contra una mujer: insultó públicamente a la gerente de la ESE local, deseándole enfermarse y ser remitida a otra ciudad sin la compañía de su familia, gritándole: “Ojalá y se enfermara usted aquí y no tuviera familia, hijueputa, y la mandaran sola para Villavicencio o Bogotá…”.

Más que actos aislados, estos episodios revelan una forma de poder fundada en el agravio y la soberbia. Desde su trono, Petro lanza insultos diariamente como quien reparte veneno: llama nazis, fascistas, paramilitares, mafiosos y, ahora, “HPs”, a sus contradictores. Nunca, ni en las épocas más sombrías de nuestra violencia política, se vio al primer mandatario degradar así el lenguaje y el debate público.

Gobernar supone encarnar la civilidad, no el oprobio. Siempre se espera que desde las altas esferas del poder emanen el buen ejemplo y las sanas costumbres. Sin embargo, hoy a la nación la insultan, la ultrajan y la desgobiernan a los madrazos.

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