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Eduardo Escobar            

Nadie que haya hecho una guerra merece mandar un país.

Tiene que ser uno muy mal cristiano, un demonio de la peor calaña, una cosa sin hígados posibles como un taburete o una cusca para no compadecer al camarada Timo. Parte el alma verlo metido a político de calle, la guayabera cubana, la tripa vergonzante del embarazado de nada, el sombrero de quesero de pueblo andino, la barba desnutrida, los anteojos de experto en las artes del paquete chileno. Y bajo los huevos, los hollejos, los improperios y las rechiflas, él sonríe a un mundo hostil como si no fuera con él, como si no le incumbiera. No es la paciencia del santo. Es la miopía filosófica. La vieja costumbre de interpretarlo todo según la soberbia escolástica de los leninistas, que imprime carácter y conduce al desastre.

Es conmovedor cómo algunos hombres consiguen engañarse a sí mismos. Don Timo piensa que son cosas preparadas por una conspiración de pitos de la derecha.

Ignorando que es incómodo y ofensivo para montones de personas de todas las clases sociales. Don Timo debería entender para entenderse. La culpa es suya, que dilapidó su vida cosechando odios en nombre del amor por la economía comunitaria, haciendo pasar por necesario un anacronismo, y atormentando a los demás con su idea fija, empanicándoles las noches, acosándoles las vacas, secuestrando sus hijos, violando sus hijas. Además, la democracia incluye la libertad de chiflar.

Don Timo compró la rechifla por anticipado con el oro del tiempo de su vida, pagando con sus horas contadas. En el empeño de poner en práctica unos libros mal leídos. Nada es gratis. Lo malo es que sigue suponiendo, en la amarga bancarrota existencial, que hace historia del lado de los buenos. Y que sus rechiflantes son pájaros de mal agüero pagados por los oligarcas. Los otros nos definen. Y no puede dirigir las cosas del mundo alguien que lo envileció, encanallándose. Nadie que haya hecho una guerra merece mandar un país. Ni aspirar a la paz si admira al Che Guevara.

Don Timo compró la rechifla por anticipado con el oro del tiempo de su vida, pagando con sus horas contadas.

Las Farc, que fueron como guerrilla la absurda diablura de unos pandilleros innombrables, empobrecieron el país medio siglo y lo atrasaron otro, y en política reeditan el mismo amor por el fracaso al amparo del logotipo secuestrado de una multinacional de las galletas y de la marca más desprestigiada del mundo, después de Isis y Monsanto.

Piensa uno en los achaques de los sueños de la juventud, ya al borde de la vejez, y se pregunta si no es hora de reconocer el colapso de los ideales que animaron la fiesta del crecimiento. La única salida hacia la verdad de las cosas es la hombría de aceptar los yerros. Y sobre todo para unos tan inclinados, según las crónicas de los campamentos dantescos, a las desfloraciones abusivas de las niñas tronchadas de las primaveras campesinas, según las normas del machismo-leninismo, que fue en lo que paró la noción de la revolución en estos pagos.

El inefable catecismo del padre Astete propuso la catarsis por la contrición de corazón, el propósito de enmienda, y la confesión de boca, el morbo de los confesionarios. Los freudianos cambiaron los confesionarios por el diván de los siquiatras, donde se verbaliza lo corrompido. Y el marxismo ortodoxo transfiguró el diván en los tribunales de la autocrítica. Esa cosa olvidada por la izquierda.

En el eterno retorno de los hechos, el que quemó la bandera de la rosa timada de don Timo hizo como hicieron tantas veces los muchachos seguidores de sus fantasías, que comen los mismos piensos en las universidades públicas, con la bandera de Estados Unidos. Si Timo tuviera el valor de aceptar la rechifla como una oportunidad para realizar su verdad, comprendería que solo el hombre con la entereza para contactarse consigo mismo y comparecer con sus pavores ante el tribunal de su conciencia puede arrogarse el derecho a decir a los demás alguna cosa de importancia.

EDUARDO ESCOBAR

El Tiempo, Bogotá, 13 de febrero de 2018.

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