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Vicente Torrijos

Deben estar muy tristes los mamertos de todo pelambre.

Primero, en Brasil ratifican la condena de Lula da Silva por corrupción, con lo cual, la ilusión de retomar la senda chavista en América Latina se desvanece.  Obvio.

Después, Fidelito, el heredero de La Familia, hijo del comandante Fidel Castro, se suicida, agobiado como estaba por una profunda depresión.  Obvio.

Luego, Moreno le asesta tremendo varapalo al chavista de Correa, malogrando así el retorno al poder del marxismo maquillado, del Alba, la censura y el despotismo.  Obvio.

Y por último, los comandantes Timochenko, Iván, y todos sus secuaces, son recibidos a tomatazo limpio, tortilla fresca y piedrecitas del Orteguaza en Armenia y Florencia, así que ven frustradas sus visitas a Cúcuta y Génova.  Obvio.

¿A qué obedecen tantas casualidades, iniciadas a finales del año pasado cuando los cartageneros le amargaron los tragos al Capo dello Stato, impidiéndole hacer gala del consumado cinismo narcisista que le caracteriza y que ya toca a su fin?

Primero, la gente no perdona que se le haya arrebatado el triunfo al “¡No!” en el mítico plebiscito del 2 de octubre.

Segundo, el ciudadano no tolera que los criminales se paseen exhibiendo su narco-obesidad por las calles, revictimizando al pueblo colombiano con sus chavistas obscenidades ideológicas.

Tercero, la población aborrece que en Colombia se transite por la misma senda del Cono Sur, cuando a los dictadores se les absolvió de toda culpa apelando a la enfermiza lógica de La Habana.

Lógica de La Habana cuya premisa no es otra que la del perdón y olvido, propia de todos aquellos que (¡aún!) defienden los acuerdos Santos-Farc apelando a la complicidad que siempre supuso la frase “hay que darle una oportunidad a la paz”.

Cuarto, los demócratas consideran intolerable que a los criminales se les concedan privilegios políticos y se les permita desembarcar en sus flamantes camionetas para pronunciar discursos antioccidentales, cuando deberían estar purgando sus penas en prisiones de máxima seguridad.

Quinto, porque la ciudadanía ya no traga entero (como en cierta forma lo hizo con el aún impune M-19) y ahora se levanta contra la farsa y la burla reclamando los legítimos derechos de las víctimas, hastiadas de la “restauración” y la “reconciliación” escatológicas.

Sexto, porque si de algo le sirve la resiliencia a los colombianos es para abolir el legado Santos-Farc, regenerar al país y reconstruirlo.

Empezando, claro está, por eliminar el chantaje que significan los escarceos entre el mismo Capo dello Stato y los terroristas del Eln, mancomunados con la Farc mediante la declaración de Montecristi.

El Nuevo Siglo, 13 de febrero de 2018.

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