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Alberto Velásquez Martínez                                   

Este año el país decidirá la clase de gobierno que quiere. Si uno de centro-derecha, o de centro-izquierda, o de centro o de extrema izquierda. Difícilmente se encuentra alternativa diferente a estas opciones.

En la primera opción están Vargas Lleras e Iván Duque como los más opcionados. En el centro-izquierda, Sergio Fajardo. En la extrema izquierda, el señor Petro, de gancho con Clara López. Aún sin saber qué vía toma Humberto de la Calle.

En Petro está el riesgo-país. Porque fuera de ser inteligente y sagaz, es muy cercano a las tesis chavistas. Guarda en la memoria a Hugo Chávez, a quien albergaría en su casa cuando el arrogante coronel abandonó la cárcel y vino a Colombia en busca de apoyos y contactos con la izquierda colombiana. Más tarde Chávez, según relata el venezolano Pedro Carmona, profesor de la Universidad Sergio Arboleda, perfeccionó su marxismo al atender la invitación de Fidel Castro, quien “se convirtió en su mentor político y padre, generando en Chávez eternos sentimientos de lealtad y subordinación”. Así que hay un eje de comunión ideológica Petro-Chávez-Castro.

Advierte Pedro Carmona en su libro –según lo comenta Andrés Espinoza– la indiferencia y responsabilidad de los partidos políticos venezolanos, que no propiciaron ninguna renovación generacional, ni actualización doctrinaria y menos asumieron una lucha frontal contra la corrupción y el clientelismo. Y así, irresponsablemente, se fueron durmiendo sobre sus cómodos pasados para subestimar el riesgo de Chávez y su mensaje populista.

Pero no solo los partidos ignoraron el peligro del chavismo, sino sus fuerzas empresariales, sus dirigentes de todos los pelambres y condiciones. “Entre ingenuidad e incredulidad, se creyó que en Venezuela era imposible implantar un sistema socialista. Dirigentes políticos, ONG, medios de comunicación y empresarios que apoyaron a Chávez, han llorado después amargamente su craso error”.

Capitalizar y explotar el papel de idiotas útiles es lo que busca esencialmente la extrema izquierda entre los ingenuos. Colma de promesas y halagos a la sociedad y a vastos sectores del empresariado que acude a llenarlo de recursos creyendo que con esos dineros que aportan a sus campañas están comprando un seguro de vida para prevenir los excesos en que incurren aquellos gobiernos contra la empresa privada y aun contra sus personas. Nada más equivocado que aquella estrategia. La historia es rica en ejemplos de aquellos que por candor o cálculos entre mezquinos y erróneos, fueron los primeros en sufrir la llegada de las extremas al poder.

Así que copiar el modelo cubano o venezolano sería no solo dar marcha atrás a la historia de la modernización que busca el país en su sociedad, en su economía, en su sistema de gobierno democrático –con todas las imperfecciones que hoy tiene– sino un salto al vacío. Sería el retorno de los brujos que convertirían esta nación en un aquelarre de inestabilidades como la que hoy tiene Venezuela. Un vecino sumido en el desabastecimiento, en la inseguridad, en la inestabilidad institucional, en la inflación y en toda clase de déficits, combustibles para inminentes y dolorosas revueltas sociales.

El Colombiano, Medellín, 03 de enero de 2018

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