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José G. Hernández                                       

Quiera Dios que la Navidad de 2017, más allá de las fiestas, de las vacaciones, de la pólvora (que debería erradicarse como expresión de una cultura violenta), de las mutuas felicitaciones formales  (vacías de contenido), se constituya en lo que debe ser según sus orígenes: una ocasión de encuentro, a partir del advenimiento  de Dios hecho hombre -como lo creemos los cristianos- para traer un mensaje de amor y paz.

La Navidad tendría que ser en Colombia, como en otras latitudes, una hermosa oportunidad de verdadera y sincera reconciliación, y, en nuestro caso, debería servir para que los colombianos, recordando la paz que el Niño Jesús  trajo consigo, entendamos que ella es un valor tan importante para la sociedad y para todos que no se puede reducir a un simple documento, ni a una determinada ley, ni a un discurso político, ni se puede confundir con la supuesta o real entrega de armas de una cierta organización subversiva.

Infortunadamente, por procedimientos mediáticos y por la fuerza de la insensata repetición de palabras huecas, aprovechando la desesperación de un pueblo que durante medio siglo ha sufrido los males de la violencia, la destrucción y la muerte, nuestros actuales dirigentes y algunos líderes de opinión han conseguido restringir al máximo el contenido del concepto, dividiendo arbitrariamente a los ciudadanos entre “amigos” y “enemigos” de la paz, según si compartimos o no, total o parcialmente,  unas cláusulas convencionales que nosotros no negociamos, que no necesariamente conducen a la paz;  ni contribuyen a ella, ni comprenden todo aquello que requiere la paz, ni se pueden confundir con el genuino y mucho más amplio concepto de paz.

La paz -ese preciado valor que, como derecho y deber, busca realizar el artículo 22 de la Constitución-, no debería servir como medio para alcanzar fines políticos o réditos personales; ni se debería circunscribir al farragoso documento firmado el 24 de noviembre de 2016.

No es ético que nuestro Gobierno pretenda usar a cada paso el concepto de paz para neutralizar a sus contradictores y críticos, por serios y respetuosos que sean, exhibiéndolos ante propios y extraños como "enemigos de la paz", pues ello va contra esenciales valores democráticos.  Ni es leal confundir a la paz con la actual administración, de suerte que, a la luz de tan arbitrario rasero,  o se hace y aprueba cuanto el Ejecutivo proponga o indique, o se es “enemigo de la paz”. Y en ello no se respeta ni la independencia del Congreso, ni la imparcialidad de los tribunales, pues, para no enemistarse con la paz, ni aparecer como un "guerreristas" recalcitrantes,  están obligados -aunque prevariquen- a validar sin discusiones cuanta iniciativa o deseo oficial se les presente, por descabellado o antijurídico que sea

La Navidad, como decíamos en columna radial, es ocasión propicia para reflexionar  acerca de la verdadera paz y para corregir las confusiones que han llevado a convertirnos en una sociedad intolerante, en que  la más mínima discrepancia es censurada y públicamente condenada  como acto opuesto a los objetivos de la paz.

La Navidad  -concluíamos-  ha de buscar la paz, pero una paz que vivifica, que enaltece, que congrega, que une. No una paz que divida. No es una paz que enfrente. No es una paz que polarice. Es, por el contrario,  la paz espiritual que debería anidarse en el corazón de cada ser humano, sin prevenciones ni  censuras. 

El Nuevo Siglo, Bogotá, 20 de diciembre de 2017

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