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Miguel Gómez Martínez                                                 

Donald Trump es un político que ha entendido que la crisis de la democracia tiene mucho que ver con la baja capacidad de riesgo de los demás líderes mundiales. Ante el vacío de liderazgo internacional se siente empoderado para lanzar todo tipo de propuestas agresivas y audaces que saben que sólo producirán sosos comunicados de prensa de quienes no las comparten.

Es el caso de su nueva propuesta de impuestos que, al bajar los impuestos a las sociedades de un 35 a un 20 por ciento, traerá un profundo impacto sobre los flujos de inversión extranjera. ¿Por qué invertir en un país lleno de problemas y debilidades como Colombia si se puede hacer en una economía eficiente, segura y competitiva como los Estados Unidos? Su discurso sobre la prioridad que debe dársele a los intereses domésticos sobre los internacionales puede parecer retrógrado pero es de una enorme eficacia política dentro de las fronteras. Que no les guste a los débiles líderes internacionales sólo refuerza su posición.

Angela Merkel no ha podido conformar un gobierno. Theresa May, la líder británica, está enredada en el Brexit. Emmanuel Macron tiene prestigio y gobierno pero Francia ha perdido influencia. Sólo Rusia y China tienen la posibilidad de oponerse a Trump pero juegan sus cartas con prudencia. Este escenario en el que Europa desaparece del escenario les conviene a los dos. Para estos estados, acostumbrados a los discursos de poder, el presidente estadounidense resulta una personalidad más predecible que el resbaloso Obama cuya política internacional nunca pudieron entender.

Trump entiende que en política hay que asumir riesgos. Las apuestas pueden salir bien o mal pero lo único cierto es que quienes no juegan duro no pasan a la historia. Puede ser que se equivoque pero ha logrado posicionarse como un hombre que está dispuesto a poner sus intenciones en la mesa. Churchill se opuso a la política de apaciguamiento. Reagan tumbó el muro de Berlín, De Gaulle prefirió la resistencia, Lech Walesa se enfrentó a la Unión Soviética. Todas esas apuestas eran de alto riesgo pero dieron frutos que inmortalizaron a los líderes mencionados.

Trump puede estar equivocado y su estilo resulta chocante. Pero ha entendido lo que muchos políticos no han asimilado: el que se arriesga, gana.

Los que miden todas las decisiones y sólo apuestan a las cartas ganadoras en el fondo son grandes perdedores. La historia los recordará como gobernantes pero no como estadistas.

Kienyke, 12 de diciembre de 2017

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