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Vicente Torrijos                                       

Como empezábamos diciendo en la columna de la semana pasada, las Farc van al cielo y van llorando al mostrarse consternadas por las decisiones tomadas hace pocos días en la Corte Constitucional y el Senado.

De hecho, ellas no logran comprender que aplicarle condiciones a la participación política de quienes han sido maestros del terrorismo y la violencia es un componente elemental de la democracia.

En consecuencia, es apenas natural que se les dificulte admitir que sus transgresiones suponen no solo la pérdida del voluminoso paquete de beneficios obtenidos, sino la aplicación de sanciones (¿como la extradición?) a las que tanto temen porque lo único que les resulta aceptable es la rampante impunidad que los negociados de La Habana les garantizaban.

De hecho, el desparpajo con el que Timochenko se refiere a las extravagantes concesiones que hasta ahora han logrado merece una cita textual porque ya hace parte de la antología universal de la arrogancia subversiva y del entreguismo estatal:

“ ... Si bien es cierto que el fallo de la Corte habilita en términos generales la participación política de los excombatientes, introduce una serie de condicionalidades no previstas en el Acuerdo Final, cuyo incumplimiento en el fortuito caso de producirse, daría lugar a la pérdida de tratamientos especiales, beneficios, renuncias, derechos y garantías, según el caso.”

En resumen, parece que las Farc no ven otra opción que la de activar (¿o seguir adelante?) con la estrategia que dibujan sin rubor alguno en los alaridos que contra la Corte y el Senado profieren: “movilización multitudinaria del pueblo en las calles” y la clara posibilidad de que “mucha gente inconforme se levante en armas”.

Todo ello, amenazando también con las repotenciadas capacidades bélicas de su aliado natural, el Eln, para lo cual recurren a la consabida (y efectiva) fórmula de que “el cincuenta por ciento de lo que se haga en la Mesa de Quito es el cumplimiento de lo pactado con las Farc por parte del Estado colombiano”.

Pero, lejos de amedrentar, con sus alardes ellas solo consiguen que miles de colombianos se concienticen a diario de la trampa que se les tendió, que los auténticos demócratas se unan decisivamente, y que los gobiernos más influyentes del sistema internacional se dispongan ahora a apoyar sin reservas la reconstrucción de la dignidad nacional.  

El Nuevo Siglo, Bogotá, 05 de diciembre de 2017

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