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Alberto Velásquez Martínez                                            

Nuestro curioso garante de paz, Venezuela, se desmorona día a día. Muestra hoy un lúgubre escenario en donde el desespero aumenta desproporcionadamente. La hiperinflación incontrolable, la escasez de alimentos aguda, la carencia de medicinas aterradora, la desnutrición infantil irritante, la inseguridad desbordada, la deuda pública galopante, la tasa de cambio del mercado negro disparada, las reservas internacionales postradas, las importaciones y exportaciones desplomadas. De encima, la inversión extranjera prácticamente ya no existe y el PIB será del menos 7 %, cifra que significa que desde el 2013 “la economía se habrá encogido un 30 %”.

Con tan calamitoso panorama, ¿qué país subsiste? Y la tragedia no concluye allí. Según el último informe del Financial Times, “debe 64 mil millones de dólares a los tenedores de bonos, 20 mil millones a sus aliados de China y Rusia y 5 mil millones al BID”. Si es cierto que Rusia y China no acosan debido a que priman sus intereses políticos sobre los económicos “para utilizarlo como trampolín para entrar a las Américas”, llegará un momento en que no podrán alcahuetearle más sus insolvencias. Y ahí será el hundimiento de un sistema quebrado.

No le ha valido a Maduro concentrar todos los poderes públicos en su bolsillo. Con excepción de la Asamblea Nacional, todas las instituciones están pisadas por su bota dictatorial. Ha tenido la suerte, hasta ahora, de contar con una oposición desgastada, sin líderes y sin efectivo apoyo internacional que ponga a tambalear su trono cercado de “alambradas hostiles”. Las protestas masivas no produjeron cambio alguno fuera de decenas de muertos, hoy casi olvidados en sus tumbas. La democracia en Venezuela es una ánima en pena buscando un réquiem.

Todo este dantesco cuadro está propiciando un éxodo masivo que amenaza, como lo sostiene el comentarista Andrés Oppenheimer, “una crisis migratoria continental”. Más de dos millones de venezolanos ya abandonaron el país desde que el chavismo subió al poder en 1999. Y se calcula que cerca de 500 mil están en Colombia, desempeñando miles de ellos, labores antípodas a su preparación académica. Según la firma de riesgo político Eurasi Group, casi un millón de venezolanos están en Brasil y 600 mil en Panamá. Además Colombia se ha constituido en un país puente para atravesarlo y viajar estos refugiados a naciones como Perú, Chile y la Argentina. La crisis seguirá aumentando en la medida en que pasen los tiempos y Maduro siga en la siesta dictatorial...

Analistas despabilados creen que Maduro le saca réditos al éxodo. Se “quita de en encima a la clase media que tiende a oponerse a las dictaduras. Le conviene quedarse con una población sumisa de gente empobrecida que depende de los alimentos que entregue su gobierno”. Es la fiel copia de la Cuba de los Castro con cuya revolución logró una migración hacia los Estados Unidos para quedarse a sus anchas, ahorcando la democracia.

En esta Venezuela tiene Colombia un espejo para mirarse y no caer en la tentación de votar en mayo por un candidato presidencial de extrema –izquierda o derecha– que la lleve al despeñadero del populismo de Estado.

El Colombiano, Medellín, 29 de noviembre de 2017

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