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Humberto Montero                                        

Entre las miles de cosas buenas que sus antepasados españoles dejaron en las tierras de América hay una que prevalece sobre las inmensas catedrales, las gloriosas y mastodónticas plazas de armas, la maravillosa y moderna arquitectura urbana ajedrezada, replicada una vez tras otra en el Nuevo Mundo y aún hoy modelo entre los más renombrados gurús del diseño, los centenares de puertos y rutas que recorrían como autopistas de la época las Indias desde los cuatro puntos cardinales o las bollantes universidades. Sobre todas ellas y muchas más destaca la mayor obra realizada jamás por un pueblo: el mestizaje.

Hoy, en los tiempos donde cualquier imbécil se cree con derecho a difamar a sus semejantes en las malditas redes sociales, estercolero de la inmundicia humana de este siglo como en la Edad Antigua eran las lapidaciones públicas, ha surgido una corriente que desecha la globalización y reclama otra vez, en un “flash-back” a la Edad Media, la maldita pureza de sangre como requisito para formar parte de una determinada identidad. Desde Estados Unidos al Reino Unido, pasando por los “nazionalistas” catalanes, la ultraderecha francesa o alemana o las élites latinoamericanas, entre las que resulta una afrenta que un hijo se una con alguien de raza negra y “manche” la piel blanca conservada en alcanfor durante 200 años, se ha extendido la creencia de que para pertenecer a la manada que pace tras un estandarte, a la tribu que se encierra entre las cuatro líneas que conforman una frontera hay que poseer un linaje inmaculado. Con los atentados del 11-S no sólo cayeron las Torres Gemelas de Nueva York, también se desmoronó la fantasía Disney del “melting pot” inglés, adoptado en los Estados Unidos con un fervor inusitado como quintaesencia de una sociedad heterogénea donde las distintas razas y confesiones religiosas podrían convivir en armonía sin tener que rozarse lo más mínimo. En virtud de esa teoría de clúster, las sociedades son un racimo común compuesto de uvas que condensan mundos herméticos. Juntos pero no revueltos. La teoría encajó maravillosamente bien en las sociedades anglosajonas, donde el racismo «wasp» (blanco, anglosajón, protestante, por sus siglas en inglés) podía batallar en el Norte por el derecho a la libertad de los negros sin jamás mezclarse con ellos. Reino Unido replicó el ejemplo en la segunda mitad del pasado siglo.

Entonces, ciudades enteras se vieron inundadas de antillanos de color, primero; de paquistaníes, hindúes, asiáticos y etíopes después, y de musulmanes de todo el mundo, finalmente. Todos desperdigados, sin llegar a conformar grandes guetos, pero sin encajar del todo entre ellos. Así, los hijos nacidos en Inglaterra de estas sucesivas oleadas compartían pupitres en la escuela, pero al llegar a adultos los negros se casaban con negros, los paquistaníes con paquistaníes y así sucesivamente. Todo ese falso mestizaje se desplomó en 2001 con el ataque de los aviones secuestrados de Al Qaeda. La integración era una ilusión y el atentado incubó un odio latente a la globalización y al verdadero mestizaje que ha calado no sólo en la derecha más reaccionaria sino también entre la ultraizquierda anticapitalista que proclama la vuelta a los orígenes y al terruño, y sobre todo entre los nacionalismos de todo signo. Por eso, en las listas de los independentistas catalanes no hay apellidos castellanos pese a que los apellidos más frecuentes en Cataluña son García, Sánchez, Jiménez o Fernández. «Porque los que de verdad somos de aquí» nunca nos hemos mezclado más que con los de aquí». Los demás son «de fuera».

Por eso en Estados Unidos gobierna un tal Trump, alguien que detesta a quien no sea más blanco que una tiza y al que le falta el capirote del Ku Klux Klan que aquí sacamos en Semana Santa, con una connotación muy distinta. Porque esta es la patria del mestizaje de verdad. Porque sus antepasados españoles sí se mezclaron y a conciencia. No en vano por sus venas corría sangre celta, íbera, fenicia, romana, germánica (visgoda) y árabe, entre otras. Es hora de recuperar y defender ese mestizaje. Para no acabar tontos de baba.

El Colombiano, Medellín, 21 de noviembre de 2017

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