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Eduardo Escobar                                  

Buda, Jesús y Mahoma tienen en común que el tiro les salió por la culata. Así le pasó al pobre Marx.

Todos los profetas fracasan y son traicionados por el beso del idiota. Buda, Jesús y Mahoma tienen en común que el tiro les salió por la culata. Y así le pasó al pobre Carlos Marx, el último profeta judío del último reino: sus discípulos pararon en ocasiones en espantosos verdugos de sus semejantes y de sí mismos, en matones vulgares. Y fundaron cofradías de vanidosos con aire mesiánico, y diseñaron proyectos sociales delirantes como el de Pol Pot y purgatorios de fuego lento como Cuba, por dar un ejemplo guapachoso. 

El llamado marxismo infestó de memes arteros las cabezas de muchos intelectuales de la modernidad, y los pobres iletrados empeoraron el porvenir con la fantasía utópica cuando, malformados por la cháchara de sus sacristanes enceguecidos por la falsa admiración, hicieron dogmas guerreros de sus notas de lector.
Marx pretendió alterar el punto de gravedad de todo, empezando por la filosofía. Para él había sido tan solo la sirvienta de la teología, y era llegada la hora de la acción. Pero la política lo decepcionó al descubrir que los campesinos reales no eran los de sus apuntes de ratón de biblioteca, ni los revolucionarios de confiar ni la historia maleable a voluntad como un moco.
La muerte le impidió realizar el deseo de vivir en Estados Unidos. Había conocido el asedio policial en Alemania y Francia y esperaba que en un ambiente más oxigenado tendría la oportunidad de ejercer el periodismo mejor que bajo la censura de los reyes europeos.

Nunca como ahora necesitamos de la filosofía, para hacer una pausa en la acción, esclarecer las oscuras articulaciones de los hechos de la historia.

No es paradójico que uno que no hizo más que leer y escribir desde la juventud en las cervecerías alemanas, cuando redactó su primer texto sobre el razonable Spinoza, haya contado entre sus descendientes tanto atorrante, y entre sus frutos los campos de concentración de las selvas de Colombia de la guerra artesanal del comunismo criollo y los de la Rusia de Stalin y la China de Mao y, para rematar, las fofas tiranías del socialismo del siglo XXI de Maduro y Ortega, socialismo degenerado en cristianismo barato que ofrece pobreza y esperanza. Todos los profetas cuentan la misma fábula.
Cristo hecho oropel retórico y escándalo libidinoso. Buda tergiversado por los monjes birmanos que extraviaron el nirvana en el nacionalismo. Mahoma aspiró a unir las tribus del desierto y acabó inspirando la matazón de Isis y la guerra intestina entre sus fieles, califatos de caca. Marx escribió La miseria de la filosofía. Pero nunca como ahora necesitamos de la filosofía, para hacer una pausa en la acción, esclarecer las oscuras articulaciones de los hechos de la historia y reconsiderar las palabras que a veces envilecemos por autocomplacencia. Con miserias y todo, la filosofía nos ayuda a estos monos que somos, que mientras acopian se empobrecen y cuanto más saben más ignoran, a evitar la fatuidad del columnista que, para justificar el desprecio por los seres humanos implícito en el trato que le dieron los patéticos marxistas colombianos al niño de Clara Rojas, declaró reglamentariamente que un campamento guerrillero no es una guardería. Marx lo graduaría de filisteo. Otro encanallado, hoy en la Comisión de la Verdad, dijo que los niños se van de guerrilleros por amor a sus hermanos mayores y al llanero solitario.
Los exguerrilleros colombianos metidos a políticos, y sus relacionistas más que jueces necesitan siquiatras y más que cárceles, manicomios. Y un poco de filosofía burguesa. Pese al desprecio que les merece, tal vez disipe las emanaciones deletéreas del cadáver de Marx que los ofuscan y las brumas alucinantes de sus tabacos, esos que le conseguía el cubano Lafargue, apologista de la pereza y esposo de su hija Laura, a quien arrastró al suicidio. El ateo Marx no previó que sería consagrado papa de una secta religiosa de recalcitrantes, como el penúltimo huno contra Occidente. Hay cerebros tan estrechos, decía un amigo, que no les cabe ninguna duda. Y algunos militan en el Partido Comunista con una rosa en la mano.

El Tiempo, Bogotá, 21 de noviembre de 2017

 

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