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Miguel Gómez Martínez                                       

Cuando no llenamos la boca hablando del post-conflicto y la nueva Colombia, conviene analizar si los que dicen ser sus representantes de verdad encarnan un nuevo liderazgo acompañado de cambios significativos en la forma de actuar y pensar.

Nada es más triste que observar el comportamiento y la actitud de los principales jefes guerrilleros para constatar que es más de lo mismo. Me impresiona su petulancia y arrogancia. Como dirían los españoles, no tienen gracia ni carisma. Cuando participan en eventos públicos, los ex –guerrilleros son iguales a sus colegas del establecimiento. Piden que se los trate con las mismas consideraciones, se creen intocables y disfrutan su estatus de vedettes. Si alguien les cuestiona su autoridad ganada desde la ilegalidad, responden de forma agresiva e imperial como si su pasado fuera algo de lo cual estar orgullosos.

Como políticos corruptos se sienten seguros de estar por encima de la ley y creen que los ciudadanos no tienen nada que exigirles. Desafían a este gobierno sin autoridad pues saben que nadie les puede poner límites. Cuando alguien los encara, responden de forma agresiva y tildan a los contradictores de fascistas. Ni el menor asomo de arrepentimiento, de consideración por las miles de víctimas, de agradecimiento por la tolerancia de todos los que sufren al verlos en sus lugares de preeminencia después de haber causado tanto daño.

Llegado el momento de ejercer el poder político los veremos pidiendo partidas en los ministerios y exigiendo que se nombre a sus cercanos. Estarán buscando contratos para sus ONGs amigas e intrigando favores y concesiones. Los veremos aspirando a todos los privilegios y honores propios de quienes creen que todo lo merecen y que nada deben a los demás.

¿Por qué habrían de actuar de forma distinta? En el fondo han vivido en el mismo entorno que los bandidos que hoy nos gobiernan. Creen que el camino al poder todo lo justifica y, al igual que la mayoría de sus compatriotas, consideran que el interés general viene después del personal. Los que tenían la esperanza de un cambio en las costumbres políticas nos quedaremos esperando.

Ahí no hay nada nuevo. Son los mismos colombianos que creen que el poder es para poder y la función pública no es para servir sino para ser servido.

Kienyke, 31 de octubre de 2017

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