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Juan Gómez Martínez                                             

Juanpa (como le gusta que le digamos) dijo en estos días ante las declaraciones de uno de sus amigos, líder de las Farc, que si él lo dijo había que creerle.

Ahora se me formó una confusión muy grande: resulta que Iván Márquez dijo que alias Guacho no pertenecía ni había pertenecido a las Farc. En el noticiero de RCN apareció Guacho diciendo que pertenecía al frente tal, que había actuado en tales zonas y que seguía haciendo parte de la organización guerrillera. También apareció en los medios una foto del guerrillero vistiendo uniforme camuflado con el respectivo brazalete de las Farc. Le creemos entonces al protagonista y jefe del terrorismo, que supongo que Juanpa (como le gusta que le digamos) le tiene que creer, o a los documentos públicos que muestran lo contrario. Se me formó una gran confusión.

Por otro lado, lo que vimos en la televisión, la matanza de Tumaco, fue a unos campesinos manejados por las Farc, o farianos vestidos de campesinos, atacando a unos policías que estaban al lado de ellos para controlarlos. Los disparos se oían distantes y nunca se vio a los agentes del orden esgrimiendo sus armas legales a pesar que las tienen para defenderse de los ataques de los violentos, como eran estos revoltosos armados de garrotes, machetes y otros elementos para atacar a la autoridad. Los disparos distantes fueron confirmados por medicina legal. ¿A quién creerle? Resulta que otra vez acusan a las autoridades legítimas sin analizar las pruebas y sin adelantar una investigación a fondo.

Es que este país, en manos de Juanpa (como le gusta que le digamos), está al revés; los malos de antes son los buenos de ahora. A los que han dado muestras de mentirosos, hay que creerles y más con el ejemplo del gobernante entreguista. La justicia pasa a manos de los peores bandidos para juzgar a los que no estamos de acuerdo con quitarles la patria a los verdaderos colombianos.

Y vamos a otro ejemplo de cómo han cambiado las cosas para seguir hacia el abismo. Si analizamos la situación de hace unos siete años y la comparamos con lo que ahora vivimos, vamos a darnos cuenta de que de verdad nos llevan a la destrucción total. Hagamos cálculos de cuántos muertos hubo durante la campaña de acabar con los cultivos ilícitos por medio de la aspersión con glifosato y cuántos hay hasta ahora con la tal política de erradicación manual y voluntaria. Me pregunto: ¿quisiéramos seguir con esta política absurda de dar la posibilidad de matar a quienes hacen la erradicación manual o a quienes se oponen a ella? ¿O será mejor seguir con una práctica que mostró su eficacia sin ninguna muerte comprobada?

Para concluir con estos análisis: los muertos por los hechos mencionados son responsabilidad de quien aplicó esas políticas equivocadas. De quien se empeñó en someter a los campesinos y a la fuerza pública, sin posibilidades de defenderse, a las armas de los subversivos.

El Colombiano, Medellín, 12 de octubre de 2017

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