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Humberto Montero                                            

El más importante galardón periodístico, el Pulitzer, homenajea a uno de los magnates de la prensa que mayor desprecio mostró por la ética informativa.

Joseph Pulitzer, dueño del «New York World», y William Randolph Hearst, dueño del «New York Journal» impulsaron el amarillismo hasta elevar la mentira más torticera a categoría de verdad absoluta a fuerza de sacarla en las primeras planas. Entre los dos, embarcaron a EE. UU. en una guerra contra España para arrebatarle Cuba, que se mantenía fiel pese a algunos leves conatos de insurrección, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El expansionismo «gringo» fue alimentado por una prensa que no dejaba de vertir falacias contra España y de inflar la supuesta rebelión cubana. A ambos se les acusa de provocar la guerra hispano-norteamericana para vender más periódicos. En 1897 un corresponsal de Hearst le pedía a su jefe que lo dejara regresar a casa. «Todo tranquilo. No habrá guerra», informaba. El editor fue muy claro: «Usted ponga las imágenes; yo pondré la guerra». Hoy, ambos disfrutarían como enanos en la era de los bulos en internet, donde todo vale. Si es mentira, se borra y santas pascuas.

El último caso de intoxicación lo tenemos con el asunto catalán. En la última semana, decenas de medios de todo el mundo se han dejado envenenar por los secesionistas. Muchos avezados «expertos» que de todo opinan se han atrevido a pintar una Cataluña oprimida por Madrid, donde no se permite votar y tomada por los cuerpos «paramilitares» españoles. Muchos grandes diarios y cadenas abrieron sus ediciones con imágenes de «supuestos» catalanes aporreados y creyeron la versión de la Generalitat (el gobierno regional, en manos de los secesionistas aunque con menor voto popular, por aquello de la aritmética electoral) de que en la pantomima con urnas preñadas y un 100,88% de votos escrutados del pasado 1 de octubre hubo 893 heridos. Como hoy lo que prima es la inmediatez de internet, nadie comprobó la verosimilitud de la cifra. Al día siguiente, se cayó el engaño. Solo cuatro heridos fueron hospitalizados. Una diputada secesionista que fue cacareando que la Policía le había roto los dedos de una mano, hubo de admitir que no tenía ningún hueso roto. Varios facultativos denunciaron que les forzaron a contabilizar como heridos a quienes acudieran con «ataques de ansiedad» o cualquier magulladura aunque no hubiera ni una gota de sangre. Las imágenes más impactantes, un joven con cara ensangrentada y supuestas cargas de la Guardia Civil (cuerpo policial que no necesita ocupar ningún rincón de España, pues está presente en todos de forma permanente), eran de otras manifestaciones de años atrás y en algunos casos incluso de heridos de cargas de los Mossos (la policía autonómica catalana que pagamos todos los españoles). Muchos impresentables, entre ellos Julian Assange, extendieron las mentiras.

Los medios compraron la propaganda que circulaba por twitter y otras redes. Dieron validez también a la falacia de que era Cataluña entera la que clamaba por el derecho de autodeterminación, un derecho que la ONU solo otorga a los pueblos en proceso de descolonización. El pasado domingo, casi un millón de catalanes llenó las calles de Barcelona con banderas españolas. Algunos medios que, de forma interesada –como la prensa conservadora británica, siempre dispuesta a dañar a España–, informaron con profusión de las manifestaciones independentistas, callaron ayer.

La posverdad es más vieja que la tos. Se llama mentira. Por mucho que los secesionistas auguren la tierra prometida para el día después de la independencia, la realidad es que en la última semana se han ido de Cataluña centenares de empresas (entre ellas los dos principales bancos, los colosos CaixaBank y Sabadell, y Gas Natural Fenosa). Las dos mayores empresas del cava, Freixenet y Codorníu (radicadas en Cataluña casi antes de que existiera) también planean irse. Miles de millones han volado al resto de España por el miedo a la ruptura.

Las mentiras vuelan en la red, envenenan a las ediciones electrónicas de los medios «serios» e intoxican toda la información. Por eso, hoy más que nunca, aquello que queda impreso, aquello que está contrastado, el periodismo de verdad, es la única barrera frente a la propaganda. Compren diarios, compren verdad.

El Colombiano, Medellín, 10 de octubre de 2017

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