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Lorenzo Madrigal                                  

No es esta una alusión al voto obligatorio, en el que algunas veces se piensa como fórmula para acabar con la abstención electoral. Hablaré de otra cosa, pero ya que lo menciono, no creo que el voto obligatorio aporte algo distinto a los resultados de las urnas, pues con los que votan se tiene una encuesta numerosa sobre los restantes que no votan. Las proporciones no van a variar, dado ese fenómeno extraño que hace creíbles los sondeos de opinión.

Ahora sí, el otro tema. Pienso que al votar se debe gozar de absoluta libertad de conciencia, lo cual es obvio. No he creído en los deberes de bancada ni mucho menos en la obligatoriedad que imponen los gobernantes, del tipo presidencial, a sus legisladores amigos, cuando los conminan a votar en determinado sentido, so pena de perder las prebendas ofrecidas y de las cuales disfrutan.

A veces se combinan formas de actuar de los regímenes parlamentario y presidencial. El presidente, un ejecutivo de período fijo, juega sin embargo a ser jefe de bancada y a tener gregarios incondicionales. A no pocos legisladores los maneja y condiciona a través de lo que en un argot peculiar se llama la mermelada.

Esto desemboca en un poder presidencial absoluto. No se diga cuando lo ostenta una persona que ata bien las cuerdas del poder en todos los ámbitos sociales y de gobierno. Es diciente lo que ha ocurrido con la directriz presidencial sobre la lealtad obligada de los parlamentarios, si quieren permanecer en sus puestos dentro de la administración. Corruptela por demás antigua y de todo gobierno, cuando negocia con sus innumerables puestos de trabajo a cambio de adhesiones incondicionales.

Así pasó la paz de Santos, inconsulta, arriesgada y de claro sesgo de izquierda, la misma que para zafarla de parecer un compromiso únicamente oficial, le fue consultada al pueblo, pero éste la negó. Voto que quiso ser libre, aunque sujeto a gran presión y que al resultar contrario a lo que esperaba el gobierno, fue cínicamente burlado.

A la hora de implementar los acuerdos, el Ejecutivo amonesta a sus bancadas sobre la posibilidad de perder gajes y canonjías. Así, con voto obligado, va pasando el engendro de justicia llamado JEP, cuya filosofía principal se resume en que la sociedad y el Estado han sido corresponsables con la guerrilla del levantamiento en armas y de los consiguientes desafueros, resultando dos partes en conflicto, víctimas la una de la otra.

Comprometido todo el mundo en un conato de paz, que no da trazas de lograrse, manipulado hasta el pontífice, cuya visita a Colombia fue aplazada hasta confirmarse la negociación y, a la sombra de las Naciones Unidas, en la plenitud de los tiempos, le llegó al mandatario el anhelado galardón noruego, con el cual se acalló la opinión pública contraria a los acuerdos, la que quedó sepultada.

El Espectador, Bogotá, 08 de octubre de 2017

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