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Alberto Velásquez Martínez                                           

No quiso dejar títere con cabeza el expresidente Gaviria en la convención del liberalismo. Disparó perdigones a diestro y siniestro. Muchos impactaron en la humanidad del presidente Santos. Otros en la de Uribe Vélez. Los más en la cabeza de Vargas Lleras.

Gaviria acusó a Santos de tener “cartas marcadas para las próximas elecciones”. Se refería a la proclividad del presidente hacia la candidatura de Germán Vargas Lleras. Repudiaba el pereirano la presunta coalición por supervivencia electoral -ahora resquebrajada por la abrupta despedida de este de la Unidad Nacional santista-, del sobrino nieto del expresidente Eduardo Santos con el nieto de Carlos Lleras.

Pero ahí no se detuvo la ira gavirista. Con voz no pocas veces salpicada de “gallitos” que despertaban hilaridad entre sus escuchas pero matizaban su inverecundia, arremetió contra Álvaro Uribe. Para hacerlo, interpretó las palabras de condena del Papa Francisco a los que siembran la cizaña para asfixiar la reconciliación nacional, como alusión a la oposición de Uribe contra el pacto de La Habana.

Invocándolo, resultó Gaviria más papista que el Papa. Desde el más allá, los huesos de Tomás Cipriano de Mosquera, uno de los padres del radicalismo liberal, han debido crujir con esta invocación de apoyo en palabras pontificias, cuando este llamó a uno de los antecesores de Francisco, Pio IX, “usurpador caduco”. Las vueltas que da la vida.

Volvió a pelar el cobre Gaviria en su largo y tedioso discurso. Y fue cuando se dolió de la poca tajada que Santos le dio en la repartición del ponqué burocrático. Lamentó que a un socio tan leal –y hasta obsecuente– como su partido, “no le hubiera asignado un mejor papel en su gobierno”, marginándolos, “a pesar del vigoroso apoyo dado”. ¿Quería más el voraz socio? ¿Acaso más ministerios, más embajadas, más presupuesto regado de generosa mermelada? Glotón resultó el curioso exmandatario.

Mortificado y rabioso estaba el jefe liberal en ese discurso, abundante de pullas directas a sus contradictores. No fue ninguna pieza magistral, llena de ideas y principios. Fue un memorial de agravios, burdo y vociferado. No consentía que Cambio Radical –sus hermanos separados– tuviera reparos frente a la conformación de los jueces escogidos para formar la Justicia Especial para la Paz. Esta JEP constituye para Gaviria dogma de fe. No se puede discutir en un partido que se ha llamado un foro de hombres libres.

¿Era este el lenguaje que convence a un país que reclama cambio en las anacrónicas costumbres de los políticos profesionales? ¿No reflejó con sus ataques y reclamos, las grietas y rupturas que hoy exhiben como lacras un establecimiento que cruje y podría caerse para ser sustituido por populismos aventureros o movimientos de centro izquierda que ahora puntean en las encuestas de opinión?

Con semejante lenguaje anacrónico y pugnaz que recuerda el violento de aquellos que en décadas pasadas del barbarismo bipartidista contribuyeron a encender las pasiones, ¿cree Gaviria que conquista votos y genera opinión para sacar de su propia talega el sucesor de Santos?

El país político tradicional sigue equivocado. Persiste en dar palos de ciego. ¿Se estará cavando su propia tumba?.

El Colombiano, Medellín, 04 de octubre de 2017

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