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Mauricio Carradini                                      

Una vez más, este Gobierno ha perdido la oportunidad de dar muestras de sensatez y de que detrás del proceso de paz había unos criterios claros con respecto a la justicia, la reparación, el perdón y el sanar las heridas del conflicto.

Era la oportunidad de mostrar a la sociedad dónde está el límite de tolerancia del Estado en cuanto a los sapos-elefante que hay que tragarse para implementar su definición de paz. Ese ‘homenaje’ a alias Mono Jojoy es un precedente de burla a todo lo que han vendido como fundamento y objetivo del proceso de paz.

Ese evento, en las democracias modernas -especialmente las golpeadas por el terrorismo-, se considera apología al delito o apología al terrorismo, y está prohibido y sancionado. En Colombia, con la versión de paz a cualquier costo que este Gobierno vendió, parece que no hay límite para lo que los colombianos tendrán que ver, oír y aceptar en aras de la reconciliación.

Ha habido una evolución muy perversa en esto de la reconciliación y el perdón. Uribe dejó un país unido contra las Farc, contra el terrorismo y la delincuencia. Ahora tenemos una Colombia dividida por culpa de las Farc y los criminales. Y ahí por el camino ahora nos subimos al tren del perdón y la reconciliación entre colombianos de bien y respetuosos de la ley mientras las Farc miran, se ríen y disfrutan de ver cómo ya nadie mira hacia ellos, quedaron perdonados, se olvidó todo, aquí no pasó nada y dan cátedra de lucha contra la corrupción, y ética y administración pública.

El proceso de paz fue posible gracias a que hasta el narcotráfico se volvió un delito político, y como están pasando las cosas va a ser difícil que muchos de los crímenes de las Farc contra la ciudadanía no pasen también por esa categoría para que se les perdone todo. Pero eso siguen siendo: delincuentes.

Ahora salen algunos comentaristas a decir que el homenaje a Jojoy es el precio que pagamos para que no haya más criminales como él. Hagamos un homenaje a Escobar en el Senado para que no haya más narcos. A ver si con ese argumento pueden celebrar el natalicio de Hitler en Alemania. No faltan los relativistas morales que digan que no es lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre un Jojoy retratado con decenas de seres humanos –de las fuerzas armadas y civiles-, encerrados por cercas de alambre de púas y un Hitler con seres humanos –también de fuerzas armadas y civiles-, en sus prisiones y campos de concentración? Ninguna. Porque ninguna de las dos situaciones fue parte de una guerra justa (jus ad bellum) y las dos violan las leyes de guerra (jus in bello). En lo que sí hay diferencia es que de acuerdo a las leyes colombianas quien justifique o pretenda la rehabilitación de regímenes o instituciones que tengan que ver con genocidio o antisemitismo irá a prisión. Ya sabemos que si se trata de haber perseguido, extorsionado, secuestrado, torturado desaparecido o asesinado a colombianos se pueden hacer homenajes públicos.

Con el cuento de que es que la JEP va a mirar esto y aquello pasan los meses y las Farc hacen política, reciben plata, van a tener congresistas y ahora hasta homenajean a terroristas que públicamente anunciaron reemplazar el papel higiénico con la constitución colombiana. Ya que este Gobierno no tiene el liderazgo para mostrar a la sociedad qué -y qué no-, es parte de una paz negociada y un proceso de perdón –y recordar a los colombianos que es a las Farc a quienes hay que perdonar-, es bueno entonces advertir que a la vuelta de unos años tendremos la orden Tirofijo otorgada por el Congreso a los colombianos que se destaquen por sus virtudes democráticas y civiles. Pocos imaginaban que tal cual quería Jojoy, la Constitución colombiana acabaría valiendo tanto como el papel higiénico.

Semana, Bogotá, 22 de septiembre de 2017

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