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Lionel Moreno                                    

"No levantaremos las sanciones al Gobierno cubano mientras este no haga reformas fundamentales".

Esta declaración de Trump ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado martes es bienvenida por los demócratas del mundo y, especialmente, del continente. La política de la administración Obama fue que, como en más de cincuenta años no había sido posible llevar la democracia a Cuba, había que aceptar que lo mejor era admitir esta dictadura como un hecho cumplido, así como regímenes autocráticos se aceptan en otras regiones del mundo, por ejemplo, en Egipto, Arabia Saudita, etc., y debían establecerse relaciones normales con ellos. Gran beneplácito debió deber haber producido esta estrategia entre dictadores y aspirantes a serlo, comenzando por Venezuela. El país más poderoso del mundo los aceptaba, como ya los admitía China y Rusia, gobiernos no caracterizados por su apego a los principios democráticos, luego nadie estaría en condiciones de censurarlos. Bastaba sostenerse en el poder, por cualquier medio, para que los poderosos de la comunidad internacional los miraran, si no con simpatía, al menos con tolerancia. So pretexto de un principio de no interferencia en los asuntos internos de otra nación, a un régimen, por despótico que fuera, le estarían permitidas las más crueles violaciones a los derechos humanos.

Una cosa es que una potencia, con un expediente banal, se anexe forzosamente un territorio como hizo Rusia con Crimea, parte de Ucrania, en 2014, justificándola con su mayoría pro rusa, como Hitler lo hizo en la región de los Sudetes en Checoslovaquia en 1938, supuestamente para defender a la minoría alemana en esa región, otra es que un país decida simplemente restringir sus relaciones económicas con otro que bien puede tenerlas con el resto del mundo. Cuba no tiene limitaciones en sus relaciones con Colombia, Canadá o Europa. Las miserias económicas de Cuba (como tampoco las venezolanas) no se deben a las sanciones económicas estadounidenses sino a las absurdas políticas socialistas y a su inherente corrupción.

No creemos que Trump sea la persona más adecuada para regir los destinos del país más poderoso del mundo. No estamos de acuerdo con la mayoría de sus políticas, como su débil rechazo a los movimientos supremacistas, incrementado los resentimientos raciales, volviendo a los odios de hace 50 años; su política antiinmigración, considerar a todos los musulmanes como peligrosos, el muro en la frontera con México; querer volver al proteccionismo económico; calificar al calentamiento global como una quimera etc., pero si estamos de acuerdo con su posición frente a regímenes dictatoriales, especialmente en nuestro continente. Coincidimos con él en que los Estados Unidos no pueden contribuir a que los autócratas se continúen instalando en las Américas. Ojalá que no todo se quede en meras amenazas.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 22 de septiembre de 2017

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