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Alberto Velásquez martínez                                         

Agresivo y humillante el gran patrón del Norte. Su presidente amenaza con descertificar a Colombia por el aumento desproporcionado de los cultivos de droga. De cumplir el castigo, el país entraría de nuevo al deshonroso como exclusivo club de naciones descertificadas latinoamericanas que hoy animan Venezuela y Bolivia.

El gobierno colombiano, acostumbrado a que en el exterior lo zarandeen y sin asomo de sindéresis para defenderse, responde la conminación con altanería pintoresca, como cualquier Michín, aquel personaje travieso pero singular del poeta Pombo. Y a su actuación “michinesca” la refuerzan broncos ladridos del séquito oficialista, gruñidos que pueden embolatar los 400 millones de dólares ofrecidos para el posconflicto, hecho que sería luctuoso para un mandato pedigüeño. En la temeridad de las ironías y las bruscas respuestas se olvida aquello de que quien pone la plata pone las condiciones.

Con esta notificación del arrogante mandatario gringo –ultimátum que quiere adobar con zanahoria y garrote al invitar a Santos a compartir una cena con sus homólogos del Brasil, Perú y Panamá para hablar de Venezuela–, se le coloca al país, en la yugular, la espada de Damocles. Acero ahora tan afilado como el que le pusieron al gobierno Samper, cuando a Colombia se le convirtió en país paria de América.

Este duro regaño, con la encima de severas amenazas, del señor Trump, es “un reproche público que humilla”, como lo calificó el señor Dermott, director del Centro de Investigaciones sobre la Criminalidad en las Américas. Esa no tan improbable descertificación, que se originaría por el desbordamiento de la producción y exportación de coca colombiana hacia los mercados estadounidenses, congelaría el suministro de recursos económicos, tecnológicos y asesorías de inteligencia investigativa para enfrentar ese turbio negocio. No perdona, y sobre estos datos arman el expediente, que el 92 % de las incautaciones de los alcaloides sean de origen colombiano.

De concretarse la descertificación, despreciativa y degradante, matricularía a Colombia en el sindicato de naciones desvergonzadas que andan regadas por el mundo, con la mano extendida implorando limosna para financiar sus angustias y sus déficits económicos. Máxime ahora cuando su gobierno sale a pedir auxilios para responder por las altas erogaciones del posconflicto, a falta de recursos presupuestales que no dan para honrar las exigencias de todo lo pactado.

Una descertificación, y ojalá el día esté lejano, es tan afrentosa que nos retrotraería a las oscuras etapas de hace 20 años cuando fuimos un país leproso al que el resto de América se acercaba con recelo y nos miraba de soslayo, con cierta vergüenza y hasta conmiseración.

“Esta es Colombia, Pablo”, fue el saludo que hace muchas décadas le dio un vate colombiano al poeta Neruda cuando pisó tierra colombiana. Esta es la Colombia de las paradojas económicas, la de las polarizaciones políticas, la de las contradicciones en sus políticas internacionales. Ido Francisco, cuyas huellas siguen imborrables por sus sentidos mensajes, los colombianos volvemos a enfrentarnos con el terrible cotidiano, ahora impactado por las amenazas de un mandatario irascible que no tiene empacho para sacarnos a empellones de los afectos gringos....

El Colombiano, Medellín, 20 de septiembre de 2017

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