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Lorenzo Madrigal                                

Llegó el momento de no hacer gavilla en contra de los opositores. Repudiar la que se hacía —y se hace— contra el expresidente Álvaro Uribe fue tema de Lorenzo, hace tres años, habiendo sido opositor durante su gobierno. Quienes siguen estos escritos tal vez noten que se prefiere no enfrentar a los caídos ante el país político, que en el caso de Uribe no parece ser ante la opinión pública. Sin que tampoco ésta sea la medida de las opiniones más acertadas.

Vaya, no lo dejan vivir. Quieren a toda hora fujimorizarlo y no es el caso. Quienes han tenido por años la representación del país merecen alguna consideración, así sea por un espíritu de cuerpo nacional. Me asquea el caso de Noriega aherrojado por Estados Unidos; no vi con agrado a Pinochet a punto de ser juzgado por un juez español multinacional, hallándose fuera de su patria; ni a Ceausescu, a Hussein o a Gadhafi ajusticiados o linchados, bien fuera en su territorio, tras años de gobierno. Cada nación es dueña de sus errores y la única legitimada en la causa para corregirlos, pero, aun así, los altos cargos de gobierno son como el sacerdocio, imprimen carácter. Entre nosotros parece regir lo contrario, a más alto el puesto público, mayor el castigo y la sevicia, tanto en términos de justicia como de opinión.

Que si Uribe va al Congreso, lo que admiraría un demócrata, esto es, que un presidente, que lo fue muy poderoso, se allane a los escaños de un debate entre iguales, es recibido con insultos como el de “sanguijuela”, que más le costó a quien lo profirió que al insultado. Que si se asomó, como parroquiano a ver pasar al papa, desechando invitaciones oficiales, malo; que si el papa no lo miró, eso fue bueno, pues manifestó desprecio a su persona y a su humilde pancarta de saludo (el papa miraba para un lado y otro y a veces no miraba los barrotes de aquella jaula móvil). A Lorenzo esa presencia le pareció rescatable, lo mismo que su asistencia a la misa de Medellín, entre una multitud de impermeables improvisados. Claro, se dirá que eso fue para que los medios registraran su sencillez, los mismos que luego de divulgar cuanto acontece con Uribe se quejan del incremento de su popularidad.

Y vaya uno a decir lo mismo del exhibicionismo del presidente Santos en la Plaza de Armas, con la robusta y fea paloma de Botero al fondo y la otra (la de jabones Dove) ardiendo en una llama eterna, todo ello para “epatar” con una linda imagen entre neoclásica y moderna al mundo burgués internacional. Es que ahora se está en el poder y hay que mostrarse, poder recibido en propia mano de aquel parroquiano de la 26, a quien acribillan críticas y tardías venganzas.

***

En esta hora de reconciliación se quisiera obligar a los opositores ofendidos a someterse a las verdades oficiales.

El Espectador, Bogotá, 17 de septiembre de 2017

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