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Darío Ruiz Gómez                                          

No era una alienada multitud la que ocupó la gran explanada de Villavicencio sino una pluralidad de voces y de lenguas propias, la presencia de la metáfora y de la onomatopeya.

Fueron llegando desde las lejanías de los morichales, desde los caminos de las selvas, desde las orillas de los ríos, desde los caseríos, en la desconocida extensión de lo que llamamos Llanos Orientales pero que la inmensa mayoría de los colombianos desconocemos porque cuando quisimos recorrerla la violencia se ensañó con esa población sometida por la ferocidad de bandas criminales disimuladas detrás de rótulos políticos revolucionarios, detrás de la codicia de asesinos como los paramilitares que convirtieron esa deslumbrante geografía humana en un escenario olvidado por el Estado, en un territorio sacudido por los atropellos y por la insania de estos personajes. Basta recordar esa obra maestra de la antropología moderna Desana donde Reichel-Dolmatoff revive majestuosamente la cosmogonía de los tucanos: el nacimiento de un mito poético donde se describe con las más inolvidables metáforas la creación de los ríos y las selvas, la convivencia de los tucanos con la naturaleza. Tal como sucede en el Chocó, como sigue sucediendo en Tumaco y Urabá, la llamada civilización irrumpe como el bárbaro invasor que sin respetar el espacio sagrado de estas culturas va infectando el agua de los ríos, quemando las selvas, sometiendo a los nativos habitantes a la esclavitud, cambiando la tradicional mansedumbre espiritual de estas comunidades hacia prácticas delincuenciales terribles impuestas por esas mafias. Si Rivera describió con maestría las matanzas de la Casa Arana en las caucheras hoy un Joseph Conrad tendría material renovado para reflexionar sobre la manera violenta en que se establece la frontera entre la civilización y barbarie o para decirlo claramente la civilización como barbarie. Éste es ya un pecado y una culpa que deberemos asumir ante el Tribunal de la justicia universal como una ofensa histórica ante comunidades enteras desaparecidas mediante el genocidio sistemático.

Recupero el concepto de comunidad que supone la presencia de quienes fraternizan en una misma fuente de deberes y relaciones consagradas por una ley sagrada en un territorio espiritual, lo que en medio del despojo impide que la comunidad se disperse pues las señales que el ojo deteriorado del hombre civilizado no ve, ellos reconocen en medio de la oscuridad, la luz que los guía para no perderse, la estrella que brilla en el cielo indicándoles el encuentro con la figura esperada que confirmará que no esperaron en vano. Por eso salieron a la vez por centenares, se engalanaron, templaron sus arpas y cuatros, sus maracas, los collares y los adornos de plumas, llevando consigo la presencia de sus territorialidades. No era una alienada multitud la que ocupó la gran explanada de Villavicencio sino una pluralidad de voces y de lenguas propias, la presencia de la metáfora y de la onomatopeya, del mito, la vida triunfante capaz de resistir la agresión de una civilización enferma, de un cristianismo postrado, de un Estado al borde de su auto destrucción. Giovanni Sartori ya lo había enunciado al señalar que, debilitada la Nación, debemos encontrar otra comunidad. O sea un vínculo que nos reúna superando clisés como patria y ciudadanía, negación de quienes, reducidos al olvido en vida, han carecido de la única identidad imprescindible: la de ser considerados como seres humanos. La voz de Francisco vino para recordar esta exigencia de dar paso a otra forma de comunidad ante el fracaso del Estado.

El Mundo, Medellín, 18 de septiembre de 2017

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