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Lionel Moreno                                    

Pocos creían que un populista, que más parecía un fanfarrón de barrio que un culto millonario, pudiera ser electo presidente de la nación más poderosa del mundo. Sorpresivamente, y con un poco menos de votos que su contrincante, Trump, el populista bocón, fue electo y desde entonces no pasa semana sin que incurra en nuevas metidas de patas. Desde errores de simple urbanidad, como empujar al primer ministro de Montenegro para desplazarlo de la fila delantera en una reunión, o llamar a Alemania “perversa, muy perversa” en una reunión de la Otan, hasta algunos como poner en duda el respaldo de los Estados Unidos a países con los que tiene tratados de mutua defensa o desafiar a Corea del Norte con bombardearla si seguía amenazando a los Estados Unidos.

Serían nefastas las consecuencias de una guerra contra un país dotado del arma nuclear y a muy corta distancia de la capital surcoreana, 45 km. de la frontera. Kim lo sabe y por eso se burla de las amenazas de Trump.

Podría pensarse que Trump no tiene buenos asesores, sí los tiene, pero no les hace caso y quiere gobernar mediante mensajes en las redes sociales escritos a la ligera. Se niega a divulgar sus declaraciones de impuestos. Quiere que México pague la construcción de un muro entre sus naciones. Retiró a los Estados Unidos del Tratado de París sobre el medio ambiente porque no cree en el calentamiento global, enajenando a todos los ambientalistas del mundo, comenzando por los países europeos. Se dio un tiro en el pie al despedir al director del FBI, James Comey por investigar los nexos posibles de su campaña presidencial con Rusia y lo que obtuvo fue el nombramiento de un investigador especial para el tema, cargo que en los Estados Unidos, tiene atribuciones investigativas muy amplias.

Ahora, a raíz de una manifestación de supremacistas blancos que terminó con muertos y heridos, Trump ha sido ambiguo en la condena de los responsables, aparentemente para granjearse el apoyo de los racistas de extrema derecha. La reacción contraria ha sido fuerte, para preocupación de los mismos republicanos que temen por sus curules y ya renunciaron varios importantes empresarios de un comité consultivo de la Casa Blanca.

También amenazó a la dictadura venezolana con acciones militares, declaración rechazada inmediatamente por los países latinoamericanos, incluyendo Colombia, y que sirvió de inmediato pretexto a Maduro para aducir que los males de Venezuela se deben, no a errores de su gobierno, sino a las maquinaciones de Washington, económicas y políticas, lo que lo fortalece internamente.

Lo peligroso es que estas metidas de pata pueden tener gravísimas consecuencias, no solo para los estadounidenses, sino para todos nosotros, tanto en lo económico como en lo político.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 18 de agosto de 2017

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