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Samuel Hoyos                                     

Las drogas ilícitas, además de ser un factor generador de violencia en Colombia, se han convertido en un problema de salud pública en nuestro país. El consumo de sustancias psicoactivas viene en aumento, especialmente entre los jóvenes, el grupo etario más vulnerable a la iniciación en el consumo de drogas. Esta situación, de incalculables consecuencias, está por fuera del control de las autoridades, las cuales requieren herramientas -distintas a las policivas- para atender el problema.

El consumo de drogas ilícitas es un hecho. Ni la prohibición, ni las campañas de prevención, han logrado evitar que haya consumidores de droga, -y no por ello hay que dejar de combatirlas- pero tenemos que buscar nuevas alternativas para hacer más efectiva esta lucha. Lo hecho hasta hoy puede haber sido útil pero sin duda insuficiente.

Muchos adictos terminan viviendo en las calles en condiciones inhumanas, sometidos a la esclavitud de la droga y de los ganchos del micro tráfico, que los instrumentaliza al servicio del crimen y la delincuencia. Estas personas requieren un tratamiento de salud pública para su enfermedad, la persecución penal y policial ha resultado ser muy poco terapéutica, no logra resolver los problemas del adicto ni los de la sociedad que padece las dificultades de convivir con ellos en el espacio público.

Hasta el momento, según la evidencia, la mejor alternativa que se ha encontrado son las salas de consumo controlado y de reducción de daños. No son centros para promover el consumo ni tienen un carácter recreacional, son centros para tratar personas que padecen una enfermedad: adicción a la droga. Allí se les puede ofrecer la posibilidad de someterse a un proceso de rehabilitación en un espacio controlado para reducir daños y riesgos asociados al consumo de sustancias psicoactivas ilícitas.

Esta alternativa puede servir para que muchas personas adictas, especialmente aquellas en situación de calle, puedan acudir a un centro de consumo controlado, alejándose del espacio público mientras consumen y están bajo los efectos de la droga, sin afectar la vida del resto de la comunidad y sin poner en riesgo sus propias vidas estando expuestos a la calle.

Estos centros podrían reducir el riesgo de los adictos de morir por sobredosis o de contagiarse de enfermedades a causa del uso compartido de jeringas. Las salas de consumo controlado pueden alejar a muchos adictos de la criminalidad y ofrecerles un lugar seguro para poder tener un contacto con sus familiares.

Las autoridades podrían estudiar más de cerca las adicciones, los efectos de las diferentes sustancias sobre la salud humana, las motivaciones de las personas para consumir,  ofreciéndoles un tratamiento de rehabilitación, así como servicios sociales y de salud a los pacientes.

En Colombia, necesitamos tratar las adicciones y desincentivar el consumo recreativo de drogas. Con esto no estamos legalizando nada, ni promoviendo el consumo de drogas, estamos ofreciendo una alternativa para el tratamiento de las adicciones que puede tener un impacto muy positivo en el conjunto de la sociedad. Es hora de darle a este problema una nueva mirada.

 @SHOYOS

El Nuevo Siglo, Bogotá, 15 de agosto de 2017

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