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Luis Prieto                                         

Aleluya, aleluya, aleluya, la paz ha llegado a Colombia. El presidente Santos, con gran emoción en dos discursos cortos pero entonados, lo ha informado a su inocente prole de seguidores.

Desde ese momento, según Santos, ilustre vocero de esta nueva arcadia ya se goza de una perenne tranquilidad, sosiego y prosperidad. Se acabaron los asesinatos, los secuestros, los ataques a pueblos y ciudades, a centros campesinos, a robos y asaltos de los habitantes citadinos. Se pude salir de noche y hasta los hacendados continuar la producción agrícola, ahora sí descubierta como el gran porvenir económico del país.

La verdad es que la firma de un documento que proviene de un acuerdo, cuyo texto incluye compromisos que por Constitución, debe ser aprobado por el pueblo colombiano, mediante un plebiscito que Santos no quiso aceptar. Entonces es un acuerdo ilegal, pero hace parte de un país feliz.  

A partir de ese día memorable, la Farc firmante, siguió en las mismas, haciendo caso omiso de los disidentes que se formaron a su paso. Siguen tan tranquilos porque más inteligentes que el gobierno, desde el principio tienen el ambiente muy claro, elaborado y asesorado por sus abogados de la izquierda española, y Enrique hermano presidencial. Conscientes de que su vejez había llegado, su físico obeso impedía la agilidad de un salto o una huida a tiempo, parte importante de su profesión, los representantes guerrilleros de las Farc, aceptaron con gran satisfacción el documento que los sacaba del campo de batalla y aceptaron de ipso facto el regalo presidencial de una negociación bajo la garantía de Enrique su amigo íntimo. No se debe olvidar de que cuando esta negociación se gestó, las Farc estaban diezmadas a punto de entregarse acosadas por los soldados colombianos. 

Un año se demoró Enrique para encontrar cinco jefes guerrilleros, esparcidos por Venezuela y muchos otros rincones, desde tiempo atrás huyendo del Ejército colombiano. 

Ahora después de firmar el documento que los ascendía a los niveles más altos de la estructura nacional, sin mover un dedo, las Farc nunca aceptaron hacer una modificación a sus pretensiones y así continuaron hasta la firma sacrosanta llamado de la paz y que prácticamente los hace compartir el gobierno, que nada puede mover sin su consentimiento previo.

Esta compañía podría ser el edén feliz para Colombia entera, que el presidente informó a los colombianos, con esos dos discursos cortos, donde anunciaba esta ideal situación para todos aquellos que integran la vida colombiana.

Pero, además de tener que lidiar con ésta poca atractiva compañía, así sea en medio de felicidad, el país y sus habitantes sufren los avatares de una economía débil y permanentemente amenazada por reformas tributarias y un gasto muy grande del gobierno para manejar la enorme burocracia del país. Súmese lo que ha costado la corrupción arraigada en todos y cada uno de los centros financieros del gobierno nacional. 

Ahora bien, vemos claramente que la paz se firmó solo con una parte de las Farc, porque han sido muchos los desertores de la misma Farc, precisamente aquellos que tienen bajo su dominio los caminos y demás vericuetos que conducen la droga hacia el exterior. Y son dueños y señores de la siembra de hojas de coca, tanto que el mundo ha calificado a nuestra patria como el mayor productor de esta maligna hoja. 

Y tenemos que mencionar otra clase de guerrilleros que nunca se entregaron y que hacen parte de otra fase igualmente aberrante por su crueldad y por los daños producidos al petróleo, fuente importante de la vida nacional. Nos referimos a los elenos, que ahora a final de cuentas el gobierno ha invitado infructuosamente a incorporarse a este edén santista, mediante negociaciones que no tienen necesidad, más allá de las que hoy gozan felices, los rectores de las Farc. 

Puede que el país alcance también una millonada proveniente de las investigaciones del señor fiscal de la Nación, que ha asegurado descubrir lo que las Farc tienen escondido y enterrado y que nunca ha revelado. 
Aleluya, aleluya, aleluya, la paz ha llegado a Colombia.

La Patria, Manizales, 11 de agosto de 2017

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