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Gustavo Duncan                                       

Una serie de líderes de izquierda han evadido cualquier compromiso serio en sus declaraciones.

El silencio es inmoral para los líderes políticos cuando ocurren ciertas situaciones reprobables que, así no los involucren directamente, obligan a que sienten una posición sobre lo ocurrido y sobre lo que debe hacerse para solucionarlo. Al callar, implícitamente están aceptando que prefieren no hacer pública su posición porque sus convicciones ideológicas de algún modo están en sintonía con la situación o porque cualquier pronunciamiento iría en contra de sus intereses políticos, o por una mezcla de ambas cosas.

Estas situaciones ocurren cada tanto. Por ejemplo, durante el proceso 8.000 y la ‘parapolítica’ los jefes de los partidos estaban obligados a tomar posiciones. Algunos callaron porque si denunciaban los pactos con criminales perdían el respaldo de las bases políticas que los sostenían, y si defendían a la clase política se echaban a la opinión encima.

En Venezuela, la democracia finalmente colapsó y una camarilla ha instalado un régimen autoritario por razones más pragmáticas que ideológicas

Ahora ocurre una situación especial que exige a los líderes políticos evitar cualquier amago de ambigüedad. En Venezuela, la democracia finalmente colapsó y una camarilla ha instalado un régimen autoritario por razones más pragmáticas que ideológicas. En otras palabras, Maduro, Diosdado y demás amigos cerraron los canales de participación a la oposición no porque fueran comunistas convencidos, sino porque de otra manera perderían el poder e irían inmediatamente a prisión en Venezuela y EE. UU.
Hasta ahora, una serie de líderes de izquierda han evadido cualquier compromiso serio en sus declaraciones. Han invocado el principio de autodeterminación de los pueblos, han llamado al diálogo y han dicho que la situación es preocupante. Pero no se han atrevido a llamar las cosas por su nombre, a decir simple y llanamente que el chavismo se pasó por la faja la democracia.
Petro ha sugerido, muy entre líneas, que el problema no es en sí el cierre de la democracia por la constituyente de Maduro, sino la mala administración pública de los chavistas. Pareciera que su preocupación es no ser calificado de castrochavista en las elecciones del 2018. Iván Cepeda, por su parte, dice que le preocupan ciertos excesos contra los derechos de la oposición, pero que lo importante es evitar una guerra civil. Hablan de una situación como la de Siria. Puras cortinas de humo. Tantas ambigüedades para condenar el final de una democracia no permiten dilucidar la duda de fondo: ¿replicarían aquí lo de Venezuela, así sea con su propia receta?

El Tiempo, Bogotá, 10 de agosto de 2017

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