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Miguel Gómez Martínez                                         

Como un fantasma, Odebrecht persigue a Santos. Cada día es más claro que personas muy cercanas a la Casa de Nariño como Roberto Prieto y sus aliados políticos del partido de la U, están untados hasta los tuétanos en el escándalo. Al igual que su aliado preferido Ernesto Samper, Santos insiste en que todo sucedió a sus espaldas y que su gobierno está plagado de impolutos.

La Agencia Nacional de Infraestructura parece ser el eje de todo el entramado que transformó los aportes a las dos campañas de Santos en sobornos para la obtención de jugosos contratos. En este país de cínicos y frescos, nadie renuncia y todo el mundo clama su inocencia a pesar de la avalancha de pruebas aportadas por la justicia brasileña y estadounidense. Nuestro sistema judicial se empeña en filtrar para proteger a unos y echar a la hoguera a otros que desvíen la atención de una opinión hastiada hasta los tuétanos de la corrupción descarada del gobierno.

No faltará el que señale que el escándalo ha vinculado a las dos campañas. Pero el paralelo es impropio porque el dinero de Odebrecht brindó frutos generosos en el gobierno de Santos. Mientras el vergonzoso Consejo Electoral permite el vencimiento de los términos y los organismos de control operan con pasmosa y sospechosa lentitud, en otras partes de Latinoamérica el escándalo genera un saludable efecto de destapar la podredumbre de nuestras democracias. En Colombia el régimen que está enquistado en el poder cree que puede utilizar la prensa y su influencia política para pasar el chaparrón y seguir haciendo lo mismo con otro Odebrecht que asuma el papel de financiador.

Todo el discurso contra la corrupción que abunda en el gobierno, los medios y los partidos políticos, es una fachada. La verdad es que nuestra sociedad está muy permeada por las prácticas ilegales que también abundan en el sector privado así sean menos visibles. La próxima campaña presidencial estará inundada de discursos contra los corruptos cuando los vínculos entre los contratistas y los políticos seguirán siendo la base de la financiación electoral.

Santos convirtió la mermelada en su único argumento de gobernabilidad y su huella perdurará porque los políticos ya no pueden vivir sin ella. Ése es otro de sus tristes legados.

Kienyke, 01 de agosto de 2017

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