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Diana Sofía Giraldo                                       

Llegaron las vacas flacas y lo peor es que no sabemos cómo engordarlas.

Cuando  José, hijo de Jacob, fue vendido por sus hermanos a unos mercaderes ismaelitas que lo revendieron en Egipto, resultó  encarcelado allí por las acusaciones de la mujer de Putifar, se salvó  al interpretar los sueños del Faraón y  ascendió a la cima del poder.

El Faraón soñaba que siete vacas flacas devoraban a siete vacas gordas,  pero no entendía el significado. José le explicó que después de siete años de bonanza  vendrían siete  de penurias y le aconsejó guardar parte de la bonanza para atender las necesidades de los días de miseria. Si hubiera existido, le habrían concedido a José un Nobel en Economía, con todos los honores.

El retrato de José debería colocarse en los despachos de todos los mandatarios y responsables de las finanzas públicas de nuestros países, a ver si recuerdan la lección, y  en los tiempos de prosperidad ahorran lo necesario para no sucumbir en los años de vacas flacas, cuando éstas se comen a las gordas, pero ni siquiera esto les sirve para engordar ellas.

El caso se repite ahora en nuestro país. Los ingresos de la bonanza petrolera y minera se usaron sin pensar que no eran eternos. Y se gastó mucho más de lo que entraba. No quedó una reserva para atender las dificultades. Por el contrario, el país resultó más endeudado que nunca. Las vacas flacas no solo devoraron las gordas sino que siguieron más allá, dándoles feroces mordiscos a recursos futuros.

Ahora, cuando llega el amargo despertar, empezamos a pagar las consecuencias: aumento  de impuestos, cuando las tarifas ya son bastante altas; desánimo industrial; desconfianza en el comercio y pesimismo en los hogares que se refleja en disminución de sus consumos y dificulta la recuperación.

El Gobierno, sin embargo, sigue gastando en renglones que deberían servir para respaldar el mensaje de austeridad que envía de vez en cuando. La nómina oficial, para no ir más lejos, pasó de 26 billones en el 2016 a 27.7 en 2017, inicialmente y, después de las adiciones presupuestales sobrevinientes quedó en 28.2 billones. O no hay conciencia de austeridad o  apareció una especie de fórmula mágica para gastar más de lo que se recibe en tiempos de  prosperidad y todavía más si hay penurias fiscales. Dicho en otros términos, se gasta más en tiempos de riqueza y todavía más en tiempos de pobreza.

Al primer exceso, que de por sí es un grave error, se suma el segundo que resultará una equivocación peor.

Y  para complicar las cosas,  continúan bajos los precios el petróleo y  las  consultas populares disminuyen las perspectivas de la minería legal y crean un clima de inseguridad,  suficiente para espantar las nuevas inversiones, mientras las calificadoras de riesgo comienzan a mirarnos con recelo.

Todo esto sucede sin contar el costo de las concesiones otorgadas en los acuerdos de La Habana, que nadie se  atreve a cuantificar.

Y para colmo de males, las vacas se contagiaron con la aftosa.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 14 de julio de 2017

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