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Lorenzo Madrigal                                   

Todo tiene un sesgo político. Los actos individuales y públicos, los escritos, no se diga los relatos históricos, los procesos de pacificación. El que se vivió en Colombia, ahora en vía de implementación, no tiene un sesgo, tiene una indudable, una grandísima tendencia a la izquierda política.

No habría nada de malo en la izquierda política como tal, siendo ésta democrática y humanística, basada en los tres postulados de la Revolución Francesa (liberté, egalité, fraternité), la que ha regido en Colombia, por ejemplo en tiempos del primer Santos (Eduardo). Pero es distinta la que ha sido base del proceso de paz, que más parece una tregua de guerra, toda vez que se pacta la coexistencia del Estado con quienes niegan principios básicos de la democracia liberal y ejercen la política hacia la implantación del totalitarismo, lejos, muy lejos de los derechos individuales y de las elecciones libres.

Miremos no más quién inspiró esta paz, que se presentó como la única posible: don Enrique Santos Calderón, virtual presidente, talentoso a cuál más, periodista y amigo, de clara tendencia revolucionaria, como todos lo recuerdan y lo callan. Su hermano, el que llegó a la Presidencia, era el derechista, colaborador del gobierno que es llamado ahora de extrema derecha, precisamente por aquellos que en su larga permanencia lo consideraron irreemplazable.

Se escoge una sede: Cuba, enemiga del Estado colombiano, por temporadas sin relaciones; se eligen garantes y facilitadores de izquierda, la misma Cuba, Venezuela y hasta Noruega, uno de esos países europeos, no importa si monárquicos, que han sido trabajados para hacer creer que aquí rige una opresión enfrentada por años a una guerrilla heroica y noble, respetuosa de los derechos humanos. Los años de la guerra también son un invento.

Todo lo acordado, la sustitución de la Constitución, viejo anhelo revolucionario, una Justicia calculada para ejercer cobros y venganzas políticas y militares, contra los que defendieron las instituciones o los empresarios, algunos muy posiblemente injustos, pero acosados por el terror que se sació en ellos.

Nunca un Gobierno y un presidente, proveniente del centro político, entregó un país a tan enorme vuelco institucional. El general Jaime Ruiz, vocero de militares retirados, ha exclamado ante la Corte más alta de la República que se ha perdido la guerra frente a la izquierda más extrema. No transcribo sus palabras, pero es la voz herida del comandante que vio caer a centenares de los suyos en defensa del país.

Pax Romana es la que se impone con las armas. Draconiana, violenta. El resultado es el sosiego, el silencio, la humillación de los ciudadanos, temerosos del gendarme de la esquina. ¿Cómo se llama esta otra paz, la que resulta de la rendición en una mesa de negociaciones? ¿Es preferible? Sí, cobardemente sí.

El Espectador, Bogotá, 09 de julio de 2017

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