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Darío Ruiz Gómez                                               

La política ha estado presente en mi vida desde que tengo uso de razón quitándole horas de necesaria holgazanería a mi juventud, arrebatándole el recurso de la felicidad a mis habituales recorridos por la ciudad, por los solares y llevándome de la mano a la fuerza a tomarme en serio la tarea  de contar con una estricta formación intelectual necesaria  para llegar por mi cuenta a determinaciones personales acerca de lo que estoy  viviendo.

Y lo que me marcó desde  esos años fue cerciorarme de lo que significa la intolerancia. ¿Qué podía justificar que se matara a alguien solamente por el hecho de tener otras creencias? Si hay algo que me parece  repulsivo es el argumento totalitarista de justificar la violencia para “dar voz a los que no la tienen” Nadie pide ser salvado por nadie. El discurso sobre la tolerancia de Stuart Mill abría una luz necesaria hacia esta urticante presencia del mal, frente a los Savonarolas  criollos que mientras invocaban a Dios  encendían las hogueras para quemar herejes. De esta estupefacción  moral brotó en mí la evidencia de dos países enfrentados desigualmente, la nobleza frente a la brutalidad como consigna.

La tradición democrática  de quienes acudían a la razón frente a quienes respondían con el llamamiento a lo más oscuro y nefasto que se esconde en un ser corroído por la ignorancia, un ser capaz de persignarse y en seguida degollar a un semejante. “La razón, escribía bellamente Hernando Téllez en 1947, aplicada laboriosamente a clarificar el caos, a poner en orden las cosas, los sentimientos, los sueños, las imágenes, el alma y el cuerpo; aplicada a controlar el mecanismo interior, a sofocar el absurdo, a dar una pauta, un ritmo, un sentido, un sistema, un estilo, una norma a todo cuanto, por fuerza de inercia, por lasitud, trata de desbordarse, de confundirse, de mezclarse, de anarquizarse, de convertirse en desafuero y libertinaje” Este loable propósito de dar paso a una civilidad donde el progreso material estuviese fiscalizado por un debido progreso moral se hundió en Colombia en medio de los incendios y las matanzas auspiciadas por  bárbaros disfrazados de profetas. Imágenes que racionalmente he logrado convertir  en definiciones sobre la crueldad humana, sobre el fanatismo político  que distorsiona la esencia de lo que es sagrado, la degradación de la política para disfrazar la corrupción, el robo de tierras a inocentes. Y no caer en el facilismo de identificar  una tragedia humana  con una impúdica descripción periodística  de crímenes bestiales, con un relato sobre “la violencia”. 

El proyecto totalitario frente al cual hoy buscamos la paz fue una caricatura de estalinismo en cuyo sangriento proceso no se dio esa necesaria autocrítica interna que en otros países condujo  a las guerrillas marxistas a renunciar a la lucha armada, lo que ha permitido en Colombia una anacrónica prolongación del terror y la crueldad frente a los cuales ningún espíritu libre puede quedarse callado. Soy yo por lo tanto quien se está cuestionando  a sí mismo, es mi responsabilidad ética la que se pregunta pues mi palabra no ha sido puesta al servicio de  otro objetivo que,  el que  la verdad le dicta, lo cual desde hace muchos años me ha traído cantidad de examigos, decreto de silenciamiento de mi obra, ese tipo de persecución que no se dice y que es el recurso de los mediocres que ahora tienen miedo de mostrar su rostro.  

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