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Darío Ruiz Gómez

Revisando documentos aparecidos antes de la celebración del Plebiscito, observo que por parte de los intelectuales oficialistas que hicieron enfáticas declaraciones contra los “enemigos de la paz” - o sea contra quienes señalamos el hecho de que en ese acuerdo había muchos errores que era necesario corregir-, estaba presente algo tan inaudito, como la ingenua convicción de que inmediatamente después de firmar la Paz, por arte de magia el país entraría en la bonanza económica.

No imaginaban esos intelectuales santificados por el marketing editorial o por el leninismo que, de todos modos, al firmarse la Paz de Timochenko y Santos se abriría, como se está abriendo, una insospechada revisión crítica de nuestro inmediato pasado, gracias a esas imágenes de represión del populismo madurista, las cuales nos han permitido aclarar lo que había permanecido confuso respecto al proyecto bolivariano de las FARC. Porque, además, de todos modos las FARC ya no regresarán al monte y tratarán de negar, como efectivamente lo están haciendo, tropelías que realmente cometieron,  ya que la memoria no se mantiene  alerta porque  la  aseguren  historiadores  a sueldo sino que la memoria queda suspendida en el interior del alma de las gentes ignoradas por los jueces, pues como recuerda Avisai Margalit  en “Ética del recuerdo”,  lo que los archivos de la Historia neutralizan, el recuerdo hace  aflorar cuando menos se  piensa y cada crimen  revive  en el corazón de las comunidades para señalar a los culpables. Tiempo al tiempo.

La sentencia de Sartre a la cual he recurrido tantas veces: “El intelectual debe estar de parte no de quienes hacen la Historia sino de quienes la padecen” cobra en nuestro caso una vigencia estremecedora. ¿Debe el intelectual seguir al servicio de los Comisarios populistas o lo debe estar a favor de quienes han padecido un cruel experimento totalitario? El cuadro de traiciones a los amigos, a nombre de una causa dogmática, el silencio cómplice ante la irracionalidad disfrazada de objetivo histórico, todo ese estremecedor desfile de vilezas, que atestiguaron escritores como Grossman, Ajmátova, Pasternak, fue calcado por nuestros intelectuales revolucionarios con una sumisión que hoy nos explica la mediocridad alarmante de sus producciones estéticas.

La situación actual del Chocó asolado por la minería de la guerrilla y las bandas criminales, por el olvido centralista, la desastrosa situación de Tumaco y sus mares de coca; Buenaventura, Nariño, Caquetá, Antioquia; la inimaginable por grosera corrupción en Córdoba y el resto de la Costa; Odebrecht,  Reficar, los permanentes  ataques  al medio ambiente, carreteras que se derrumban, escuelas en ruinas, ríos contaminados. ¿Es éste el primer balance de la negación dictatorial de los resultados del Plebiscito? ¿Qué Patria nos dejaron congresistas y magistrados? ¿Por qué el silencio de los defensores de Derechos Humanos, de los llamados ambientalistas? ¿Es este el nuevo intelectual sumiso a una Paz de afiche publicitario?  Y ¿Qué somos ahora después del arrasamiento de nuestros valores de civilidad,  no sólo por parte de la criminalidad disfrazada de proyecto político  sino de nuestros propios legisladores? Pútrida Patria la llama Sebald.  

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