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Marta Lucía Ramírez                                      

Decía Demócrates que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de burla”. Bien podría significar esta frase mucho de lo que nos está pasando hoy en Colombia.

Hace unos días recibíamos la noticia de la “libertad” del general Jaime Humberto Uscátegui. Aunque causa gran alegría saber que el general hoy abraza de nuevo a su familia y para siempre desde su hogar y no detrás de las rejas, queda una sensación de incertidumbre al saber que el proceso aún continuará por un camino largo, tortuoso y lleno de injusticias, si tenemos en cuenta que hay ya 12 condenados por fraude procesal y falso testimonio que fueron argumento para la condena.

Cuando hacíamos un análisis juicioso de lo contenido en los textos negociados con las Farc en La Habana, se hacía evidente una falencia en cuanto a la tremenda inestabilidad y asimetría jurídica que afrontarían nuestras Fuerzas Armadas, especialmente considerando el riesgo de politización de un tribunal especial creado con, incluso, más poderes que la Corte Suprema de Justicia. Parte de la responsabilidad de construir una paz de verdad, era brindar garantías y soporte institucional que la blindaran con legitimidad popular y no a pupitrazo y en desconocimiento del no, como finalmente ocurrió.

La incertidumbre y la desventaja jurídica para nuestros militares y policías que denunciamos en la campaña del Plebiscito, es cada vez más evidente cuando vemos un gobierno afanoso por dar pronta respuesta a las solicitudes de libertad de más de 2.000 presos de las Farc que se encuentran detenidos en las cárceles y por contraste, la libertad de nuestros militares avanza a paso de tortuga , mientras que aquellos que hablan siempre en defensa de las Farc, se refieren reiteradamente a las investigaciones que abrirá la JEP contra exmandatarios, exministros, empresarios y representantes de la sociedad civil.

En una conducta reiterativa que limita la posibilidad de reconciliación entre los colombianos, el querer mantener la división artificiosa e injusta entre amigos y enemigos de la paz, pues quienes consideramos que la justicia y la paz son dos caras de la misma moneda somos tachados de “amigos de la guerra”. Es más fácil, por supuesto, asumir ahora una actitud revanchista por parte de algunos amigos y congresistas pro-acuerdo y pro-Farc, que reconocer la ilegitimidad del proceso acelerado y forzado de implementación que estamos viviendo con tantas oscuridades, entre otras, sobre el desarme y el número total de armas y de miembros de las Farc, que debatir serenamente y con argumentos.

Mientras los perpetradores de los peores crímenes posan de activistas y rockstars con curules gratis en el Congreso, muchos militares inocentes están presos con procesos montados por colectivos de abogados y sectores políticos que se convierten en mercenarios del dolor de quienes pusieron su vida al servicio de la patria. Por supuesto que los militares cuya culpabilidad sea probada deben responder ante la ley, porque debemos acabar de una vez y para siempre esa mentalidad de que hay víctimas de primera y de segunda categoría, según la orientación política del victimario.

“Lo único que me queda es mi familia”, decía el general, porque el honor y el tiempo le fueron secuestrados. No es justa una justicia que por atender el grito de sangre desde las barras de la opinión, prefiere quitar la libertad a un preso cuya condena está basada en falsos testimonios, que asumir con entereza el deber moral de corregir sus yerros cuando los errores ya eran evidentes. La “libertad condicional” del general no recuperará los 16 años que se perdió de compartir con su familia y en los que su hijo debió madurar antes de tiempo para asumir, a veces muy solo, la defensa de su padre a quien siempre supo inocente .

Cuánto duele el silencio que sus propios compañeros de armas guardaron muchas veces frente a la ignominia. Ojalá no veamos en el futuro otros casos como el del general Uzcátegui mientras los comandantes de las Farc se preparan para participar en la definición de los destinos de Colombia, siguiendo el modelo venezolano que tanto les gusta.

General, bienvenido de vuelta a la libertad. Ojalá la vida nos alcance para evitar que, como decía Demócrates, “los malos sirvan de ejemplo y los buenos de burla”.

El Colombiano, Medellín, 11 de mayo de 2017

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