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Darío Ruiz Gómez                                           

El derrumbe de los valores de una sociedad constituye  la muerte de la cultura y la muerte del pensamiento pues los bárbaros  llegaron dentro del Caballo de Troya del conformismo y  la pusilanimidad de la llamada intelectualidad “progre”, de la clase política, de las cortes de justicia que les abrieron las puertas. Su victoria  incluye  la vejación de los antiguos dueños del poder  para que el efecto catártico “revolucionario” cumpla su tarea de arrasar hasta el más ínfimo  resquicio  de lo que fue la presencia civilizadora  de una estética, el florecimiento de un pensamiento libre, la vigencia necesaria de un libro como memoria de la responsabilidad intelectual.  

Cuba y Venezuela lo comprueban. Es el rencor de los resentidos mediocres. Es, como lo estamos viendo en Colombia el sometimiento mediante la ignorancia y la miseria  de quienes, supuestamente  se quiere redimir, “dar voz”,  y con la idea perversa de nivelar socialmente por lo bajo, la entronización de la ordinariez, de la vulgaridad como  supuestas “estéticas populares”. Del bárbaro, no olvidemos, proviene  la barbarie. O sea la crueldad inaudita a que puede llegar un ser civilizado alienada su conciencia  por el totalitarismo político.

Nadie de nuestra izquierda congelada esperaba que la oposición venezolana estallara de la manera tan heroica en que lo está haciendo para poner en evidencia ante los ojos del mundo los extremos a que puede llegar un caricaturesco y criminal dictador como Maduro: hambre real, miseria real, ausencia real de salud pública, feroz persecución del pensamiento libre y toda esta tétrica parafernalia a nombre del socialismo del siglo XXI, cuando en realidad  lo que se ha dado es el enriquecimiento obsceno de una minoría de militarotes, de empresarios  que se aprovecharon de estas circunstancias para aumentar sus ganancias. Un Estado narcotraficante en todos sus delineamientos, asilo del terrorismo iraní. No el comunismo como lo pregonan sino un fascismo enfermizo.

Me preguntaré siempre, cómo, personas  civilizadas cerraron los ojos ante esta barbarie que ha llevado al hambre y la miseria al pueblo venezolano. Recuerdo a una famosa periodista bogotana aseverar, cuando estallaron las luchas estudiantiles,  que “no había que temer por el régimen de Maduro pues eran estudiantes de clase media y que además –óigase bien.- estaban instigados por Uribe”. ¿No constituye una página negra en nuestra historia el oprobio de la Cancillería al entregar cobardemente a la policía secreta  los dos estudiantes venezolanos asilados en Colombia?

La ausencia de solidaridad  de nuestra clase política con el sufrimiento del pueblo venezolano pone de presente la presencia  de una clase dirigente provinciana, egoísta,  capaz de colocar en peligro inminente las pocas conquistas de nuestra  democracia  ya que Venezuela  ha terminado por constituirse  en el espejo a través del cual  estamos comprobando  el fracaso de nuestro proyecto de nación, la muerte del pensamiento, la misma sordidez de algunos  empresarios, esa perversión de igualar  por lo bajo en la inequidad y no de crear ciudadanos libres,  que ha conducido en Venezuela  al hambre, a la humillación, a  esta barbarie impulsada por los corruptos a quienes  sólo interesan sus ganancias, amparados por unas leyes económicas inhumanas. Bárbaros ilustrados incapaces de entender las responsabilidades de la civilización y la cultura. Timochenko y sus huestes han tomado el partido que era de prever: continuar identificándose  con la barbarie. ¿Cuál será el camino que va a escoger una clase política, empresarial, una intelectualidad capaz de oponerse con la Razón a esta grave amenaza? Ya que es en este punto, precisamente,  donde debemos elegir entre la libertad o la servidumbre.       

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