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Jaime A. Arrubla  

Gran alboroto se armó en el país político por la conversación sostenida entre los expresidentes Pastrana y Uribe con el actual mandatario estadunidense Donald Trump, en un club social de La Florida.  De todo se ha especulado; desde poner en duda su ocurrencia, bajarle importancia señalándola de un encuentro casual, si fue convenida o espontánea, si se logró a instancias de un senador norteamericano, si ocurrió privadamente o si fue un encuentro de pasillo.  De todo se ha especulado, al punto que la misma cadena noticiosa CNN tomo base en el asunto, negando la ocurrencia de la reunión.

Claro que hubo reunión y tiene consecuencias políticas para  Colombia y para la región, así haya sido casual, privada, de pasillo y no vinculante para el Estado colombiano.

Una página entera dedicó un diario de fin de semana a las entrevistas de diversos politólogos y académicos, analizando las repercusiones que podía tener el hecho de que antes de la  anunciada visita oficial del Presidente colombiano  programa para el mes de mayo, el Presidente gringo se reuniera con los ex presidentes colombianos; se habló de todo, de la diplomacia paralela que se impone en el mundo,  de la crisis  en Venezuela,  de los gustos y disgustos de los mandatarios estadunidenses con el proceso de paz, con el crecimiento de los cultivos de coca,  con la política antidrogas y analizaron las políticas públicas de los últimos años, tanto en USA como en Colombia.

Otros analistas y críticos más acérrimos, han llegado incluso a insinuar que los ex presidentes cometieron “traición a la patria”, comparando el hecho con el otro similar de hace años en que incurrió la ex senadora Piedad Córdoba en México y que provocó una sanción de la Procuraduría. Se ha dicho que solo el Presidente puede manejar las relaciones internacionales de la república y que los ex presidentes usurparon función que nos les corresponde de acuerdo con las tradiciones patrias y con la Constitución nacional. Nerviosos se mostraron desde voceros del palacio presidencial, hasta el mismo Vicepresidente.

Dos conclusiones podemos sacar de todo este episodio del fin de semana:   La primera es que a muchos colombianos se les olvida que este es un país libre y  cualquier ciudadano se puede reunir con quién desee en Colombia o en el extranjero y conversar sobre lo que le plazca, sin que ello constituya ningún delito.  Ello no significa que se esté usurpando función pública, o traicionando la patria.

En el presente caso, la reunión informal o formal, en un club social, de mandatario con ex mandatarios no tiene por qué afectar las relaciones  internacionales de Colombia, esas las maneja el  Gobierno  con su Cancillería.    La segunda conclusión, más significativa, es que definitivamente los ex presidentes colombianos mantienen su vigencia política, al punto que lo que hacen en privado se convierte en un hecho que les quita el sueño a sirios y troyanos.

El Nuevo Siglo, Bogotá, 20 de abril de 2017

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