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Juan Gómez Martínez                                 

Armaron semejante escándalo por el anuncio de alias Popeye diciendo que asistiría a la marcha del primero de abril. Imprudencia que hizo mucho daño a una marcha tan significativa e importante para Colombia.

Esto nos puso a pensar en las diferencias entre Timochenko, Santrich, Márquez y sus compañeros con Popeye. Los unos narcotraficantes, el otro también. Los primeros asesinos, el otro también, violadores de niñas, el otro también, secuestradores, el otro también. Los primeros terroristas el otro también.

Por otro lado la diferencia es muy significativa: a Popeye lo rechazaron quienes lo vieron en la marcha, lo silbaron, le gritaban que saliera de ese acto de rechazo a Juanpa (como le gusta que le digamos). Los otros son recibidos por el Congreso. Los saludan de abrazo, les construyen barrios completos con canchas deportivas y centros de salud, los cuidan para que no los ofendan, les prestan todos los servicios públicos mientras pueblos del país carecen de todo.

Juanpa (como le gusta que le digamos) se abraza con Timochenko, se reúne con todos ellos en La Habana. Se hacen inmensos gastos para celebrar la firma del acuerdo en Cartagena. Se viola la Constitución para favorecerlos. Se incumple la palabra (que era sagrada) del primer mandatario para desconocer el resultado del plebiscito. Se les ofrecen curules gratis, sin someterse a elecciones. Se les darán salarios, serán participantes activos en la justicia para condenar a quienes no estamos de acuerdo con la entrega del país a ellos.

Por otro lado Popeye pagó 20 años de cárcel, no ha recibido sueldo, ni los abrazos de la gente que se respete. Los otros no pagarán un solo día de cárcel.

A mí me dicen que hay que perdonar y lo hice. En noviembre de 1987 trataron de secuestrarme. Fueron a mi casa Popeye, Pinina y 13 compinches más para secuestrarme. Logramos repelerlos en un duro combate. Cuando ocupaba la Gobernación de Antioquia y después de la fuga de Pablo Escobar y su gente de la cárcel de la Catedral y de la muerte del capo, visité el penal de Itagüí para una reunión sobre la paz. Se me arrimó uno de los presos y me pidió que lo perdonara por el mal que me habían hecho a mí, a mi familia y a los colombianos. Luego se me arrimó otro y me dijo más o menos lo mismo. Eran alias el Arete y alias el Mugre. Los perdoné de todo corazón. Pero de allí a entregarles la educación de mis hijos y que a mis hijos los reprendieran cuando cometieran una falta, es decir, que los juzgaran y los sancionaran, como ahora se les entregan los colombianos a las Farc para que nos juzguen, no me pasó por la mente. Tampoco darles mis ahorros ni el dinero de mis hijos, como ahora se les dan los recursos de todos los colombianos a las Farc.

Tampoco pensé entregarles la casa que ellos atacaron y dejaron muy deteriorada como ahora les entregan las tierras más ricas de la Patria que ellos destruyeron.

Que Juanpa (como le gusta que le digamos) tenga siquiera asomos de vergüenza y acepte el veredicto del pueblo que se pronunció el primero de abril.

El Colombiano, Medellín, 06 de abril de 2017

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