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Humberto Montero                                      

No se pueden poner puertas al campo, dicta el refrán castellano con la sabiduría que solo otorgan el tiempo y la distancia. Por mucho que algunos se empeñen en levantar muros, el mundo de hoy es uno. La globalización no tiene freno. Da igual que hablemos de dinero, de personas o de sentimientos. Todos fluyen y viajan por la Tierra casi a su antojo. Las razas se entremezclan como nunca y la sangre nueva reverdece la especie y a la propia Humanidad. Pero la globalización incluye también la otra cara de la moneda. La cruz. La oscuridad. El escándalo Odebrecht es el primer caso de corrupción global de la historia. Aún no sabemos si afecta a los cinco continentes, pero al menos sí a uno y otro lado del Atlántico, con especial virulencia en América.

Durante lustros, el patrón de la mayor constructora de Latinoamérica, el brasileño Marcelo Odebrecht, creó una telaraña de compraventa de voluntades en todo el continente. Desde Brasil a Colombia pasando por Perú, México, Estados Unidos, Venezuela, Ecuador o Argentina. “Odebrecht empleó una secreta, pero totalmente funcional, unidad de negocios de la empresa -un departamento de sobornos, por decirlo de alguna manera- que, sistemáticamente, pagó cientos de millones de dólares para corromper a funcionarios del gobierno en países de tres continentes”, afirmó en diciembre de 2016 Sung-Hee Suh, fiscal general asistente de la División Criminal del Departamento de Justicia estadounidense. Por entonces, el escándalo ya llevaba tiempo siendo investigado por la justicia brasileña, primero como una pata del caso Petrobras y luego con entidad propia, dada la magnitud de las acusaciones.

Tras negociar duro con la Fiscalía, el patrón aceptó un trato para rebajar diez años la condena (de 19 años) a cambio de delatar a todos los políticos que aceptaron sistemáticamente sus sobornos y donativos electorales a cambio de concesiones de obras públicas por toda América. La compañía abonó la mayor multa impuesta a una empresa acusada de corrupción: 3.500 millones de dólares, repartidos entre los gobiernos de Brasil, Suiza y Estados Unidos (países que también investigaban a Odebrecht por sus prácticas corruptas). A cambio, dejaba de estar proscrita y volvía a poder concursar a obras públicas, su principal fuente de ingresos.

De nuevo, como en las películas, fue una secretaria quien destapó todo el tinglado de una de las mayores redes de corrupción conocidas de la historia moderna. Odebrecht creó su departamento de sobornos a finales de los años 80 con el nombre de “Sector de relaciones estratégicas”. Concepción Andrade, entonces veinteañera y empleada de la empresa, fue la primera secretaria del ilegal departamento de sobornos, con base en Brasil, desde 1987. A su despido, en 1992, se marchó a casa con todo el listado de nombres y cantidades que se habían pagado y los guardó durante tres décadas hasta entregarlos a la justicia brasileña.

Hasta la fecha hay 12 países de tres continentes involucrados en el ajo (a los americanos y Suiza hay que sumar Angola y Mozambique), pero Odebrecht está presente en 25 países de los cinco continentes y tiene negocios con 41 naciones. Por el “modus operandi” de la firma, no es de extrañar que la lista de gobiernos corruptos se amplíe y salpique al mismísimo Trump, a quien no se le escapa un soborno, de eso estoy seguro.

Según las investigaciones abiertas por todo el continente, el caso ha devorado al ex presidente peruano, Alejandro Toledo, y amenaza seriamente al brasileño, Michel Temer, y a nuestro buen amigo Juan Manuel Santos, el único mandatario al que si pone un circo le crecen los enanos.

Seremos respetuosos con la justicia y con la presunción de inocencia, como corresponde. Ahora bien, el pretexto de que cualquier acusación de un condenado carece de validez es una estupidez tal que no va a tragársela nadie. Más le vale a Santos estar limpio o ya puede ir pensando en retirarse con Toledo a Miami.

El Colombiano, Medellín, 14 de febrero de 2017

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