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Abelardo De la Espriella                                 

Empieza un nuevo año, que será decisivo para el futuro del Estado de Derecho en Colombia; doce meses en los que se echará a andar una serie de reformas y cambios constitucionales estructurales, confeccionados a la medida de las necesidades de la guerrilla de las Farc, en desmedro de las instituciones y la democracia.

A través de un Congreso castrado (que, además, no representa en absoluto el querer popular), se implementarán los acuerdos de La Habana, a los que las mayorías soberanas dijimos “NO” en las urnas. Pero, en estos tiempos de mermelada y engaños, no se necesita el favor del pueblo; basta con la protección de directores de medios y la complicidad de los políticos profesionales.

Es un lapso en el que también se decantarán las candidaturas presidenciales, y es, justo en esa coyuntura, en la que el país no puede volver a equivocarse con miras al 2018: necesitamos un líder que reconduzca a la patria por la senda de la seguridad, la prosperidad, la equidad, la legalidad, la lucha decidida contra la corrupción, y que, además, recupere el orgullo nacional, perdido en medio de tanta concesión al terrorismo.

Se requiere, con urgencia, un mariscal de campo con los cojones necesarios para decir y hacer lo que piensa y enfrentar los desafíos de este pueblo adolorido como un guerrero que está dispuesto a morir por proteger a los suyos.

No es momento de medias tintas: llegó la hora de defender los bastiones institucionales vejados por el régimen y sus amigos de ocasión. En esa empresa no puede haber diferencias políticas entre la gente decente; solo un norte y un propósito: no dejar, bajo ninguna circunstancia, que Colombia se convierta en Venezuela. Debo reconocerlo. En un principio, al igual que muchos venezolanos en su momento, creí que era una posibilidad remota; pero hoy advierto con horror que caminamos la misma ruta del país hermano: Colombia está al borde de un abismo insondable del que no saldrá, si no hacemos lo que corresponde.

Cada colombiano, con su voto y su voz, tiene una espada entre las manos para luchar por el futuro que habremos de heredarles a nuestros hijos. No se dejen engañar con promesas lastimeras y fantasiosas: la paz es imposible, si se edifica sobre la injusticia. Fidel Castro y Hugo Chávez prometieron grandes cambios y sí que los lograron: empobrecieron a Cuba y Venezuela, respectivamente, en grado sumo. Las Farc y sus amigos del “mamertismo irracional” se quieren tomar el poder para implantar un sistema económico y social fracasado en el mundo entero, y, por su puesto, pretenden exterminar moralmente, a través del mal llamado Tribunal de Paz, a todo aquel que piense diferente, y también ¿por qué no? (perro huevero no pierde el vicio) físicamente, con la ayuda de sus camaradas del Eln, ahora recargados y más terribles que nunca.

Que nadie guarde silencio. Hay que alzar la voz en las calles, en las redes sociales, en los barrios, en las ciudades. Llega un momento en la vida de cada ser humano, en el que debe probar su amor por la tierra que lo vio nacer. Queridos lectores, hoy Colombia nos necesita más que nunca.

Ñapa: La Reforma Tributaria del Gobierno es una clara admisión de culpa: el fisco está quebrado por el despilfarro, la corrupción y los malos manejos.

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