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Vicente Torrijos                                          

Si algo se puede aprender en la propia Habana es que el sistema socialista ya no resiste más mitos como el de que posee la "mejor educación, salud y seguridad social del mundo".

Eso significa que Cuba ha tenido que abrir su economía, pero muchos confiesan que los privilegios de los que goza la nomenclatura impiden depurar el anquilosado y frustrante régimen despótico.

Por otra parte, y guiado por algunos expertos en política internacional que abogaban por la 'construcción social de las relaciones' y la 'transformación basada en la interdependencia intensiva', el presidente Obama apostó por los negocios como motor del cambio social en la tierra de Yoani, Fariñas, Zapata y Payá.

Pero tres años después de la singladura, el panorama no puede ser más sombrío.

Está claro que gracias a su experticia en sobrevivencia adaptativa y manipulación victimista, los castristas lograron superar el déficit de asistencialismo chavista valiéndose de los recursos frescos y el apetito comercial de firmas como Marriott o Starwood.

Pero nada de esto ha reducido, ni mucho menos suprimido la represión, la persecución y la intimidación que caracterizan a todo tipo de leninismo-estalinismo.

Y como tres años es más que suficiente para constatar la diferencia entre una transición a la democracia (que se traduce en negocios legítimos) y una simple manipulación instrumental (negocios para oxigenar a la camarilla en el poder), ha llegado el momento de darle un timonazo al clima existente entre Washington y la familia Castro.

Timonazo consistente, primero, en que el intercambio entre los dos países no tiene por qué beneficiar tan solo a un puñado de empresas norteamericanas que terminan legitimando al totalitarismo.

Segundo, si se le pone en una especie de cuarentena estratégica, la cúpula marxista tendrá que decidir si acoge la democracia liberal (única garantía de confiabilidad estructural a largo plazo), o si sucumbe, fruto de las disfunciones y las emergencias sociales complejas que la definen.

Y tercero, si recapacita de inmediato, el régimen autoritario aún puede convertirse en un agente de transformación en las Américas compartiendo el modelo de gobiernos como el de Brasil, Argentina y México para que florezcan las libertades públicas e individuales.

De lo contrario, bien podría terminar transitando por las mismas vías que hoy recorre el chavismo en Venezuela hacia la debacle proverbial.  

El Nuevo Siglo, Bogotá, 06 de diciembre de 2016

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