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Abelardo de la Espriella                                       

El extremismo denota falta de inteligencia: ningún ser racional puede sustraerse al hecho irrefutable de que no hay verdades reveladas y dogmas inamovibles cuando de política y posturas ideológicas se trata. La vida es tan relativa como compleja: nada es absoluto, nada es para siempre. Me resulta repulsiva la venda en los ojos de algunos para ver la suciedad en el ojo ajeno, mientras que sus propias casas ceden a la inmundicia. Nadie representa mejor ese espíritu acomodaticio e inconsistente que la izquierda radical: suele ser tan errática, incoherente y contradictoria, que ya no da grima sino risa.

Para sus representantes, los muertos producto de la violencia guerrillera son buenos y están justificados. Cuando las balas son de la subversión, estas tienen licencia para acabar con la vida y los sueños de quien fuere. La lucha armada está plenamente justificada cuando los fusiles son portados por elementos del lado ‘zurdo’ del espectro. Permítanme decirles algo, cínicos mamertos: venga de donde venga, la violencia es inaceptable. Ustedes, que tanto veneran a Fidel Castro y a otros tiranos de parecida laya sanguinaria, deberían avergonzarse, pero ¡qué va! No se le puede pedir peras al olmo. No hay dictadores buenos, ni de derecha ni de izquierda, ¡entiéndanlo! 

En estos tiempos de proceso de paz el ‘mamertismo’ anda exacerbado. Muchos han salido del clóset después de décadas de haber posado como independientes. El mundo de los medios y el escenario académico está postrado a los pies de la guerrilla. La semana pasada vimos cómo ‘Timochenko’ y sus camaradas coparon los espacios políticos, mediáticos y digitales del establecimiento, que, arrodillados y de la mano del Gobierno, han permitido que las Farc pontifiquen sobre un gobierno de transición, y hasta sobre las reformas electorales y económicas que requiere el país; mejor dicho, un Estado al acomodo de ellos.

Toda la opereta reseñada ha contado con el aplauso cómplice de directores de medios, editorialistas, los partidos de la ‘mermelada’, los magistrados de la Corte Constitucional y demás cortesanos del régimen: silenciosos ante los abominables crímenes de las Farc y la reparación a la que están obligados, pero, eso sí, solícitos a la hora de lavarles la imagen a esos angelitos. El establecimiento se hace también el de la vista gorda ante la exigencia de la verdad, y son los mismos que claman por la amnistía, el perdón y la reconciliación. Hace tan solo unos años pedían a gritos cárcel, devolución de millones de hectáreas y la verdad sin ambages de las monstruosidades perpetradas por la ultra derecha, como si los crímenes de la guerrilla fueran plausibles, mientras que los de los paramilitares fueran los únicos deleznables y titulares de un perdón imposible.

Condenar los crímenes de los paramilitares y de los miembros de la Fuerza Pública es absolutamente inmoral, si usted es de los que, al tiempo, defiende las atrocidades de Fidel, la guerrilla colombiana y la violación de los derechos humanos en Venezuela, en cabeza del oligofrénico de Maduro.

Lo que más detesto del ‘mamertismo’ irracional es que termina por radicalizarnos a aquellos que hemos tratado de ser ecuánimes, pues nos mandan a la otra orilla, nos vuelven intransigentes y beligerantes, sin opción de caminar por un sendero de tolerancia y reconciliación. La paz, señores, se construye con inclusión, igualdad, verdad y seriedad.

El Heraldo, Barranquilla, 04 de diciembre de 2016

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