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Abelardo de la Espriella                                             

Se sabía que el presidente Juan Manuel Santos le haría “conejo” a la voluntad popular, desconociendo cínicamente las mayorías que, en el plebiscito, dijimos “No” a la capitulación del Estado frente a los ilegales de las Farc (así lo advertí en varias columnas). Era apenas obvio que un gobernante colmado de tanta vanidad, al tiempo que de innumerables complejos, haría valer como fuera su poder para tener la última palabra. Y así fue: fiel a su estilo, Santos terminó haciendo lo que le dio la gana. El nuevo acuerdo es más de lo mismo: en lo sustancial, sigue igual de nefasto para la institucionalidad de la República.

Evidentemente, la coherencia y la consecuencia no son atributos de la personalidad del señor presidente. Desde el principio del ejercicio, Santos señaló la necesidad ineludible de la refrendación popular de los acuerdos; pero, cuando el constituyente primario le dio una bofetada en las urnas, buscó otro camino tan antidemocrático como inconstitucional: la refrendación de los mismos por parte del Congreso, circunstancia que no garantiza ni el apoyo popular ni mucho menos la sostenibilidad de la paz. Amén del prevaricato mayúsculo que se cocina, pues la corte Constitucional indicó claramente que, si el gobierno renegociaba, ese nuevo pacto debía someterse a refrendación popular. El plebiscito derogó la competencia del Congreso. Congresista que vote ese adefesio comete el delito de prevaricato.

En su torpeza infinita, el primer mandatario de los colombianos no alcanza a comprender que no solamente está deslegitimando el acuerdo con las Farc, al no someterlo a refrendación popular, sino que, además, aplaza el debate sobre el mismo para  2018. En otras palabras: la próxima campaña presidencial será el escenario en el que se definirá el apoyo popular al proceso, y, como es apenas, obvio la gente lo rechazará, eligiendo a un nuevo presidente, que represente todo lo contrario a Santos y sus políticas, lo que implica que el malhadado acuerdo tiene los días contados.

Sin el apoyo popular de todos los sectores sociales y políticos de la Patria, el mentado acuerdo durará lo que un merengue en la puerta de un colegio. El mojito y la bacanería en La Habana embrutecieron a los jefes de las Farc: no se han percatado de que caminan rumbo al cadalso y a la extradición, sin un blindaje jurídico que permita hacer sostenibles los acuerdos en el tiempo.

Allá ellos; a mí lo que me interesa es la democracia, esa misma que Santos y su régimen han vejado y maltratado hasta la saciedad.

El teatro Colón fue el escenario escogido para el último acto del espectáculo circense en el que se ha convertido el proceso de paz. Allí, sin ningún reato, ante la mirada complaciente del régimen y el silencio cómplice de la prensa enmermelada, el “doctor” Timochenko habló de la necesidad de un gobierno de transición. ¡Hágame el favor, tamaña estulticia: el Estado de Derecho ni se negocia ni se entrega!

Ante el Golpe de Estado perpetrado por el presidente Santos, no queda otra opción que volcarnos a la calle a defender la democracia y hacer uso de los mecanismos participativos contemplados en la Constitución, para consultarle al pueblo soberano, sobre los puntos que el Gobierno no quiso aceptar. La lucha apenas comienza.

El Heraldo, Barranquilla, 27 de noviembre de 2016

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